Alfonso Castro

Alfonso Castro

Junio 20, 2011 - 12:00 a.m. Por: Germán Patiño

Hace ya tiempo, acompañé a Alfonso Castro Byrne casi a diario, en el viaje cotidiano entre Cali y Guachinte, un poco más allá de Jamundí.Poncho, como le decían sus amigos, era entonces un hombre vital, de risa fácil y corazón tierno. Grande, casi un coloso por su envergadura física, pelirrojo y pecoso, sus maneras recordaban a la Irlanda de su madre, esa nación europea que nos entregó algunos de sus mejores hijos a lo largo de la historia.Esa sangre irlandesa explica algunos de los mejores rasgos de su carácter. Como su paisano, el patriota Juan Runnel, este gigante rubio no tuvo ninguna dificultad en desarrollar una relación sincera con los afrodescendientes vallecaucanos que pululaban en la galería de Jamundí, los llanos de Guachinte y las galleras de pueblo.Le gustaba el limón desamargado, el queso fresco, el sancocho de carne, las tostadas de plátano y la sobrebarriga a la criolla como la preparaban en la cocina de la vieja gallera de Palmira. También, y mucho, las delicias de la mezza libanesa como las prepara Rosita Jaluff, su fiel compañera y cómplice femenina.No le gustaba la gente remilgada o dogmática y era ajeno a las convenciones sociales. Amaba a los animales y vivía rodeado de vacas, caballos, perros y gallos finos. Construyó un lago para que llegaran a descansar los flamingos y otras aves acuáticas. Tenía, por lo tanto, el genio tranquilo y la capacidad de observación que es propia de las personas que se relacionan con la fauna.Nunca supe de su filiación política, pero sé que profesaba afecto por la tradición y apego por sus raíces irlandesas, hasta el punto de que admiraba aquella condición por la cual estas raíces llevaban a que se hiciera y estuviera bien, todo aquello que los ingleses prohibían o detestaban. Prefería las cosas viejas y buenas a lo nuevo por conocer. Y desconfiaba de la gente que echa mucha carreta. Como el Tuerto López, se sentía más cómodo con unos zapatos viejos, antes que con relucientes mocasines de marca.Nacido en cuna propicia por su fortuna, prefirió el trabajo duro en el campo antes que la vida de rentista. Lo que tuvo lo acrecentó y siempre fue generoso con quienes tuvieron la suerte de trabajar con él. Siendo de pocas palabras cuando se encontraba con gente remilgada y hablantinosa, se convertía en un ser expansivo y alegre cuando se rodeaba de vallecaucanos sencillos.Muchas de las cosas que los profesionales jóvenes repiten con jactancia le eran indiferentes. Por ejemplo, el mejoramiento continuo. Para él que conocía el ritmo propio del campo, una idea que impedía detenerse o retroceder no era más que una tontería. Coincidía, sin saberlo, con viejos y sabios filósofos.Su vida fue austera y siempre prefirió las alegrías sencillas de la vida. Pero también fue corajudo. Amenazado por la violencia, en cuyas garras, las de las Farc, cayó Tory, su hermano, nunca dejó de ir a su finca mientras tuvo fuerzas para ello y siempre desdeñó las amenazas. Yo estuve a su lado, en esos momentos, y siempre me sorprendió su tranquilo valor.Ahora se fue Poncho, para siempre, y sé que a su familia y a quienes fuimos sus amigos nos hará mucha falta.Simplemente se adelantó a recorrer el camino por el que todos transitaremos algún día.

VER COMENTARIOS
Columnistas