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Nostalgias del Pascual

Marzo 31, 2021 - 11:45 p. m. 2021-03-31 Por: Gerardo Quintero

Pertenezco a una generación que fue por primera vez al estadio de la mano de sus padres, tíos o abuelos, que no veían peligro en llevar al coliseo del barrio San Fernando al pequeño que soñaba ver a los futbolistas de su equipo del alma. Pertenezco a ese ‘corrinche’ que creció asistiendo al estadio con amigos del barrio que pertenecían al equipo contrario, tomábamos el Blanco y Negro o el Alameda Ruta 2, allí en la Carrera Primera, y nos íbamos por toda la Quince contando chistes o esperando que Battaglia o Cabañas nos deleitaran con una jugada espectacular.

Sí, soy de esa generación que iba a la Tribuna Norte del querido Pascual y que al igual que mi compadre César Polanía y ese otro gran amigo de la vida, Kike Rojas, comíamos salchichón de ‘Pipico’, chupábamos paleta que vendía ‘Checho’ y picábamos el maní de ‘Tostaíto’. En esa tribuna, en domingo soleado de clásico, nos sentábamos los hinchas de América y del Cali, sin ningún lío, sin peleas, sin muertos, sin salvajadas. Como buenos caleños, la mamadera de gallo no podía faltar, y todos reíamos con los finos apuntes. Y si acaso alguien se calentaba, todo terminaba en algún agarrón a los golpes, mano a mano, como eran las peleas en el pasado. Cuando acababa el partido reuníamos entre todos para comprar ‘chuzo zapote en remate’ y el popular ‘guanabanazo’, rebajado por la cantidad de hielo derretido.

Pertenezco a una generación que iba al estadio a disfrutar de un buen partido, que madrugábamos no a armar tropel ni a consumir droga sino a ver los preliminares de las reservas desde la una de la tarde. Tampoco nos llevábamos ‘patecabras’ ni otras armas porque no íbamos para la guerra, menos planeábamos esperar que pasara el bus de nuestro equipo o del rival para emboscarlo a mansalva. Unos muchachos que no tenían que salir a toda prisa porque no había riesgo de que te robaran en las afueras del estadio.

Una generación que no se creía dueña del equipo, ni de los jugadores, ni del estadio. Hoy todo ha cambiado. En menos de una semana, la barra brava del Cali rompió los vidrios de la sede del club, destrozó los ventanales del bus del equipo, increpó al técnico, intervino un entrenamiento para amedrentar a los jugadores, qué sigue…

Dicen que el fútbol y su entorno son un reflejo del país que habitan. Bajo esa premisa se explica lo enfermo que está ese deporte, con unas bandas delincuenciales devenidas en hinchas y un futbol corrupto y amañado desde sus más altas esferas. Y no es que en los 80 las mafias no hubiesen cooptado el fútbol, pero en los estadios el ambiente era distinto, a nadie lo mataban por una camiseta. Hoy da miedo acercarse cuando anuncian algún partido clave.

Me encanta el futbol, pero hoy no llevaría a mis hijos al estadio ni alentaría su afición a ningún club. Como tantas otras cosas en el país, y como decimos en Cali, el plan de ir al estadio se lo ‘tiraron’.
Sigue en Twitter @Gerardoquinte

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