Abusos mortales

Abusos mortales

Junio 09, 2011 - 12:00 a.m. Por: Gerardo Quintero

Lizardo Oliver Díaz tiene 50 años, pero ya acabó con su vida. En un brutal rito de muerte, enceguecido por los celos, hirió gravemente a su ex esposa, mató a su suegra y acabó con la vida de su pequeño nieto de seis años. En cualquier país serio y menos anestesiado ante la barbarie, un acto de este tipo provocaría una reflexión ciudadana, días de duelo y solidaridad con las víctimas. Pero en este caso, simplemente fue una estadística más, ni siquiera amerita un análisis sobre qué está pasando por la cabeza de un hombre que no pudo tolerar que su compañera lo hubiese dejado porque se cansó de sus actos de violencia.Según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud del 2010, el 40% de las mujeres en el Valle reportaron algún tipo de violencia física por parte de su pareja. Una cifra similar a la registrada en Cali, donde de acuerdo con la última encuesta de Profamilia, el 42% de sus mujeres fueron maltratadas, es decir, más de 400.000. El abusador es un hombre que fácilmente se camufla en la sociedad. Puede fungir de hombre probo, recto y seguro, pero al cerrar la puerta de la casa convertirse en un terrible maltratador. Amparado en su fuerza física, se siente dueño de la vida de su pareja. “Si no eres para mí, no eres para nadie” suele argumentar el psicópata que se esconde tras ese aparente buen vecino. Fue el mismo argumento que esgrimió Díaz cuando atacó a su excompañera. Lo que uno aún no se explica es cómo nuestra enferma sociedad justifica al abusador. “Por algo le habrán pegado”, le he escuchado decir a muchas mujeres cuando se enteran que alguna de sus congéneres ha sido golpeada por su compañero o incluso por su ‘ex’. Será por eso que el sujeto siempre tiene a la mano una excusa para su comportamiento: “Estaba enceguecido por los celos”; “Es que te amo demasiado”; “Es que estaba borracho”; “Es que tu me provocas y haces que te golpee”.Entendamos algo, no hay nada que justifique el maltrato a la mujer. Nadie puede sentirse dueño de la vida del otro. Y de eso es lo que está convencido el abusador. Lo peor es que aquellas mujeres que se acostumbran a este tipo de relación no comprenden que ese hombre, tarde o temprano, llevará su violencia al extremo y ellas terminarán bajo los golpes o las balas de esos aquellos que juran amarlas. No creo en esos amores pasionales que terminan en sangre y muerte. No creo en esas mujeres que se resisten a salir de ese círculo de horror, temerosas de quedar solas o sin un padre para sus hijos. Creo más en el amor que dignifica y en los hombres que, enhorabuena, entendieron que defender los derechos de sus mujeres es también asunto suyo.

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