¿Victoria? ¡Derrota!

¿Victoria? ¡Derrota!

Marzo 31, 2019 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Quien siembra vientos cosecha tempestades. Este refrán advierte que todas nuestras acciones en la vida, tienen consecuencias. Aún más, si se toman decisiones equivocadas. Es lo que ocurre con las objeciones a la JEP. Si el gobierno anterior hubiese tomado en serio los reparos de millones de colombianos a aspectos críticos de lo acordado con las Farc e incorporado cambios de fondo a lo negociado, no estaríamos en las que estamos.

Las objeciones del Presidente Duque a la Ley Estatutaria de la JEP no son otra cosa que el cumplimiento de un mandato que recibió en las urnas -con la mayor votación en la historia del país- en el que se le solicitó revisar algunos aspectos del acuerdo de paz. No podía hacer algo distinto. Es más, comparado con los reparos sustanciales que persisten sobre lo negociado, lo objetado es mínimo. Seis artículos, cuando pudo ser toda la ley.

No es fácil de entender entonces la tempestad suscitada. Nadie pretende hacer trizas el acuerdo. Las objeciones -y el respeto con que Duque las ha planteado- lo evidencian. Lo que denota que hay otros intereses en juego, propios de la política chiquita, de la sed de protagonismo y de debilitar al gobierno. Cuando está servida en bandeja la oportunidad de unir mayoritariamente al país en torno a la paz, incluyendo ajustes mínimos a la Ley.

No es cierto que a raíz del plebiscito el gobierno anterior hubiese incorporado cambios sustanciales al acuerdo de paz. Las reuniones con quienes ganaron el plebiscito fueron más un formalismo, una pantomima. Las preocupaciones de fondo no fueron tenidas en cuenta, aunque se diga que el 97% de las propuestas fueron acogidas. Si fue así, en ese 3% había temas claves. Prueba de ello: persistió la polarización en torno del acuerdo.

Y no se hizo porque implicaba cambios de fondo en lo que el gobierno había acordado con las Farc. Un error. Seguramente hubiese implicado reabrir algunos puntos sensibles que ya estaban negociados con esa guerrilla, quizá hubiese tomado más tiempo llegar a un acuerdo, pero era lo más conveniente pensando en el país. Primaron la soberbia y la desconfianza. Se impuso un acuerdo a los trancazos y ahí están las consecuencias.

Nadie debe negar la importancia del desarme de la mayoría de combatientes de las Farc. Un hecho histórico, así sea y como lo fue siempre, una paz a medias, incompleta. Lástima los efectos colaterales del proceso, manifiestos en un volumen gigantesco de disidentes, un país inundado en coca y un diálogo forzado con el ELN que llevó a su fortalecimiento. Y lástima que se haya logrado sin contar con la opinión de la mitad de los colombianos.

Seguramente es tarde para llamar a la cordura en un país poco amigo de la misma; para que los partidos políticos que han manifestado votar negativamente las objeciones a la JEP, reconsideren la posición anunciada. Lo que está en juego no es si se le propina una derrota al gobierno o a quienes están a favor de las objeciones. Lo que está en juego, a un mínimo costo político y para el acuerdo de paz, es darle a este, mayor legitimidad.

No hay acuerdo de paz perfecto. Pero los hay mejores y peores, y los hay incluyentes y excluyentes. Flaco favor le hace al país quienes insisten en un acuerdo excluyente. El tema no son las objeciones a la JEP, es unir al país en torno del proceso de paz, avanzar en dar vuelta a la página.
La perspectiva del Presidente Duque sancionando la ley estatutaria, sin cambios, es una victoria para la oposición y una derrota para el país.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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