Misión de Educación

Misión de Educación

Octubre 28, 2018 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

En días pasados se le presentó al país el programa Generación E en reemplazo de Ser Pilo Paga. El Gobierno había anunciado semanas antes que este último no desaparecería: se transformaría. Se informó que los más pobres podrán seguir escogiendo si van a una universidad oficial o a una privada. Hasta ahí todo iba bien, luego vinieron los detalles: si van a una oficial el Estado cubrirá el 100 % del costo, si van a una privada sólo el 50 %.

Seguramente pensando en que el estudiante de bajos recursos no se vea desanimado de ir a una privada, se establece que el porcentaje a pagar de vuelta por el estudiante será el 25 % del valor y que la universidad debe conseguir -con donaciones- el 25 % restante. Le trasladó a la institución privada la responsabilidad de buscar una parte del faltante si aspira a seguir siendo atractiva para los estudiantes más pobres, y estos, a endeudarse.

Se trata de un desincentivo deliberado para que estudiantes de estratos 1 y 2 no vayan a las universidades privadas. En Bogotá, Medellín y Cali, donde hay instituciones oficiales buenas, pareciera no ser tan grave, aunque les restrinja -sin necesidad- las opciones a los jóvenes. Pero hay regiones con pocas universidades oficiales buenas y las privadas de calidad ya no estarán al alcance de todos. Un ejemplo, la del Norte en Barranquilla.

Lo absurdo de la decisión es que olvida la esencia de Ser Pilo Paga: remover el obstáculo económico a los buenos estudiantes de bajos recursos para que accedan, en igualdad de condiciones, a universidades oficiales y privadas de alta calidad. El subsidio diferencial le asesta un golpe mortal a la financiación con equidad; es solo cuestión de tiempo para que la universidad privada deje de ser una opción para muchos jóvenes colombianos.

La decisión de acabar con Ser Pilo Paga, incluso con su nombre, se da en medio de una discusión sobre la coyuntura financiera de las universidades oficiales y su necesidad de contar con mayores recursos para funcionamiento e infraestructura, situación superada temporalmente con el acuerdo anunciado de transferirles 1,2 billones de pesos, además del billón de regalías, ayudando a apaciguar los ánimos de ese estamento universitario.

En ese contexto es entendible la inyección de recursos para las universidades oficiales. Lo que no se entiende es desnaturalizar un programa de financiación que ha sido exitoso para direccionar presupuesto de este hacia las instituciones del Estado, buenas y malas, satisfaciendo de paso a quienes ven en el subsidio directo a los estudiantes a un enemigo, pues los jóvenes más pobres están prefiriendo las universidades privadas. Por algo será.

Rectores, profesores y alumnos de las universidades oficiales deben estar complacidos. Lograron una solución temporal en materia de financiación y dejaron tendido en la lona el subsidio a la demanda, mecanismo que ven como una amenaza. Lo lamentable de todo es que lo decidido no resuelve el problema de fondo de la educación superior, que debe ser repensada, luego de un análisis de su calidad, pertinencia, eficiencia y financiación.

En días pasados, Moisés Wasserman, ex rector de la Universidad Nacional -y defensor de Ser Pilo Paga-, dijo que los nuevos recursos para las universidades oficiales les permitirá estabilidad y un poco de crecimiento. Y agregó, que se debe aprovechar el momento para iniciar, con tranquilidad, una reflexión sobre el sistema de educación superior, es decir, el oficial y el privado. Tiene razón. Es tiempo de una Misión de Educación Superior, que defina un derrotero, evite errores, y -lo más importante-, esté centrada en el estudiante.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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