Más allá de Rappi

Más allá de Rappi

Julio 07, 2019 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

En días pasados, 100 repartidores que prestan un servicio de domicilio independiente a la empresa Rappi quemaron sus mochilas naranjas frente a las oficinas en Bogotá, exigiendo mejores condiciones económicas y ser considerados trabajadores formales. Similar ha ocurrido en otras ciudades, donde la plataforma de servicios multiusos ha incursionado, poniendo en el ojo del huracán a la empresa insignia del emprendimiento.

Hace cuatro años tres jóvenes colombianos querían mostrarles a las grandes compañías de venta al detal, cómo debían vender sus productos a través de plataformas digitales, apoyado en un servicio personalizado de domicilios. En cuestión de meses más de 200 mil usuarios habían descargado la aplicación, haciendo evidente una necesidad y deseo de muchos ciudadanos de contar con un “asistente personal en la palma de tu mano”.

Es así como la plataforma digital ofrece hoy múltiples opciones, desde comprar huevos en un supermercado, pedir una hamburguesa de un restaurante preferido, enviar flores por cualquier motivo, comprar medicamentos a media noche, recoger un paquete, unas llaves, pagar una factura, hasta solicitar efectivo, en un tiempo garantizado de una hora. Es decir, prácticamente, lo que uno quiera, y a cambio de un precio bajo por el servicio.

Lo que descubrieron estos jóvenes es que miles de personas están dispuestos a pagar por un servicio que les facilite la vida. Más en ciudades prácticamente invivibles por las dificultades de movilidad y donde salir de la casa o el lugar del trabajo es un martirio, o para quienes simplemente valoran su tiempo mucho más que el costo del servicio; por $12.417 al mes/año, se cuenta con un asistente 24 horas, llueve, truene o relampaguee.

No debe extrañar ver Rappitenderos en todas las esquinas, separadores y parques, pues algunos logran un ingreso mensual cercano a tres millones de pesos. Lo que a su turno empieza a generar molestia en muchos ciudadanos, por la condición en la que esperan y la ocupación desordenada del espacio público; qué decir de la imprudencia de algunos en sus bicicletas. Situaciones sobre las que seguramente la empresa ya está trabajando.

Pero más allá de si incomoda o no la mancha naranja en ciertos sectores de las ciudades, las protestas de los repartidores ha puesto sobre la mesa una discusión de fondo: si son trabajadores independientes o si deben entenderse como empleados de la empresa. Es más, cursa en el Congreso un proyecto de ley que busca la regulación del trabajo digital, río revuelto en el que más de un político pesca, sin medir muy bien las consecuencias.

Tiene razón la empresa cuando dice que no existe una relación laboral. Los repartidores no cumplen horario ni tienen exclusividad; ganan cuando prestan el servicio, estando cubiertos por un seguro mientras realizan las entregas y una póliza contra terceros. De ahí el riesgo de equipararlo a una relación laboral, cuyo efecto sería dejar sin un ingreso a miles de repartidores, con un incremento absurdo en el costo del servicio, si subsiste.

Una cosa es que las empresas de domicilios revisen las condiciones de bienestar y el valor por servicio de los repartidores, otra distinta, equipararlos a una relación laboral. Existen distintas maneras de generación de ingresos y de hacer empresa, con dinámicas que no encajan en la camisa de fuerza, costosa, del contrato laboral tradicional. Y en esa discusión, velar por los derechos de los ciudadanos cuya calidad de vida ha mejorado. El tema no es Rappi, que me encanta: el mundo cambió y con él las relaciones de trabajo.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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