La rabia y la política

La rabia y la política

Junio 30, 2019 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

La rabia y no las ideas dominan la política; no es nuevo pero pareciera se ha exacerbado. En la última edición de la revista Semana, Alfonso Cuéllar y Antonio Caballero, escriben sobre el ‘Estado de Opinión’, tesis que enarboló Álvaro Uribe siendo presidente para resaltar la prevalencia de la opinión ciudadana -que le favorecía- como la fase superior del ‘Estado de Derecho’, en momentos en que no compartía decisiones de las Cortes.
Ambos columnistas además de cuestionar el que Uribe retome tal tesis con ocasión de su apoyo al referendo contra la JEP, coinciden en que la esencia de la misma es la rabia. Dice Cuéllar que “no puede existir un verdadero estado de opinión sin rabia” pues “hay que estar en contra de algo”. Caballero señala a su turno que Uribe se ha esforzado por poner a la gente furiosa. Deben tener razón, pero eso no es nuevo ni exclusivo de Uribe.

Gustavo Petro se abrió espacio político no solo utilizando con inteligencia la oposición sino apelando a la rabia y el resentimiento. Igual Claudia López, con estilo, lenguaje y decibeles distintos. El primero fue alcalde, pésimo, estuvo cerca de ser presidente y tiene atemorizado a medio país; la segunda, su aliada, tendría ya asegurada la alcaldía de Bogotá. Es decir, muchos han apelado y apelan a la rabia como estrategia política.

Trump es otro ejemplo de la efectividad de valerse de las vísceras del elector. Convenció a los norteamericanos que sus intereses no estaban siendo defendidos y que la culpa era de los políticos tradicionales; tocó la fibra y el orgullo patrio de muchos ciudadanos, fue elegido y es muy probable que lo reelijan. Gobierna a punta de twitter, con rabia y despertando rabia: removiendo y sacando a flote asuntos altamente controversiales.

Es decir, políticos de izquierda y derecha instrumentalizan la rabia porque es efectiva. Y lo es porque en todos los países hay temas sensibles, en los que los ciudadanos tienen opiniones disímiles. Y porque las emociones negativas mueven más el comportamiento que las positivas. Es incluso una razón antropológica; la supervivencia ha estado ligada principalmente a estar atentos a los estímulos negativos, de protección a las amenazas.

La política es además altamente emotiva, de amores y odios. Eso se sabe y no es nuevo. Con contadas excepciones, las ideas juegan un rol secundario en su proceso volitivo; si las ideas confirman nuestras preconcepciones y pensamientos, echamos mano de ellas. Por eso, lo usual es buscar, leer y escuchar argumentos que refuerzan nuestra manera de pensar e incluso rodearse de quienes la comparten. Es una inclinación natural.

Pero hay razones para pensar que la rabia en la política se ha exacerbado. Basta ver las redes, cuyo inmediatismo incentiva la reacción en caliente, y que refuerza la percepción señalada. Y en esa esquizofrenia a veces se confunde el pensar distinto con polarización, independiente de quien la propicie. Lo paradójico es que en toda sociedad y democracia disentir debería ser positivo. En Colombia se ha vuelto un anatema, por como se ejerce.

En política debería primar la razón y no las emociones, más tratándose del ejercicio de un derecho ciudadano que manifiesto en las urnas tiene profundas implicaciones. Pero no es y nunca ha sido así. Por eso, no debe sorprender que los políticos, independiente de su partido o ideología, utilicen el clima o ‘estado de opinión’ en su propio beneficio, y una manera muy efectiva de incidir en la opinión, es activando un disparador de las emociones, en especial, la rabia y el miedo. Es decir, apelar al hígado y no a la cabeza.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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