La magia de la Navidad

La magia de la Navidad

Diciembre 23, 2018 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

El Natalis Solis Invicti o Nacimiento del Sol Invicto marca el origen de la Navidad. Los romanos celebraban el Solsticio de Invierno el 25 de diciembre del antiguo Calendario Juliano, día en el que el sol renacía luego del día más corto del año, en el hemisferio norte. Pero no solo los romanos, también los germanos y escandinavos, los aztecas y los incas le dieron especial importancia, independiente del dios al que rendían culto y reverencia.

Si bien no es claro cuándo la Iglesia Católica acogió esa fecha para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, pareciera sucedió en el Siglo III para facilitar la conversión de los pueblos paganos, sin abandonar sus festividades. El Papa Julio I pidió en el año 350 D.C. que el nacimiento fuera celebrado ese día y cuatro años después el Papa Liberio lo hizo por decreto, empezando a celebrarse en Constantinopla, en Antioquía y en Jerusalén.

Fue por decreto porque nadie sabe a ciencia cierta cuándo nació Jesús, como tampoco se sabe mucho de su niñez y juventud. En esa época no se llevaban registros de nacimiento y menos del hijo de un carpintero y su señora, en un establo y con la intermediación del Espíritu Santo. No en vano la Navidad ha generado controversia en el cristianismo: fue prohibida durante la Reforma Protestante y algunas iglesias aún la consideran pagana.

Pero más allá de su génesis y de la confesión religiosa a la que se pertenezca, es difícil ser ajeno o indiferente a la Navidad. En especial desde 1820 cuando los ingleses hicieron un esfuerzo por rescatar su celebración, estando al borde de la desaparición. Fue Charles Dickens, con Un cuento de Navidad, publicado en 1843, quien contribuyó a revivirla y a reinventarla, dándole un sentido de recogimiento familiar y de compasión por los demás.

Desde entonces e independiente de los matices culturales y las diferencias en los ritos, y el consumismo desbordado en el que unos han convertido la Navidad, es un momento en familia, con novenas y villancicos, pesebres y misa, o sin las anteriores. Pero más allá de cómo cada cual la entienda o celebre, la conjugación de tiempo y espacio que la rodea, es sin duda especial. Lo es entre otras razones por las expresiones de afecto y generosidad.

Afecto y generosidad que se expresa de distintas maneras. Con un beso, un abrazo, una sonrisa, un gesto. En un mundo donde el egoísmo y el quererlo todo nos abruma, dar sin esperar a cambio es inhalar aire fresco. Es decirle a otro, usted me importa. A un familiar, a un amigo, a un conocido, a un transeúnte por la calle. Una expresión de reconocimiento y gratitud. Por ser, por estar. Ese es uno de los sentidos de la Navidad, al menos para mí.

Cada Navidad es única e irrepetible. Nos permite reencontrarnos, un poco más viejos; decantar y degustar la vida como se decanta y degusta un buen vino. Indagar a fondo y mirar dentro, escudriñar los sueños, enfrentar los miedos. Es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la sencillez sobre la abundancia, del silencio sobre el escándalo, dice el Papa Francisco. Es una época singular y de reflexión interior, si así lo queremos.

Esa es la magia de la Navidad. La que habita el corazón de cada ser humano, con defectos y virtudes, alegrías y pesares. De eso se trata; de estar con quienes queremos, pensar en quienes están lejos y quisiéramos cerca, y recordar a quienes han partido dejando un humo triste en el alma. Pero es también un grito de esperanza, por un nuevo amanecer. Un cambio, dejarse sorprender. Como el sol naciente, invicto, que ilumina la mañana.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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