La Isla soñada

La Isla soñada

Abril 21, 2019 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Nada tiene que envidiarles a otros destinos turísticos en el Caribe, si de lo que se trata es de disfrutar el mar y la playa, en un plan tranquilo, en el que los días se inventan a sí mismos. Al menos en lo que ofrece la naturaleza, que privilegió al Archipiélago de San Andrés. Regreso a la isla luego de varios años y me voy de ella gratamente sorprendido. Es un lugar paradisíaco, con magia, aunque la verdad, podría estar mejor aprovechado.

Caminar por el malecón y los pasajes peatonales del centro al caer la tarde, de la mano de una brisa refrescante, que anticipa la llegada de una noche estrellada y de luna llena; descubrir de la nada, en un callejón tímido, una deliciosa pasta maridada con buen vino; recorrer los viejos y nuevos locales, generosos en productos nacionales y extranjeros; despertar sin afán, leer sin afán, pensar -sin afán- en quienes uno quiere y que no están.

San Andrés, donde todo se permite, en especial la alegría e incluso matices de tristeza. Donde es posible jugar con mantas en medio de embarcaciones apiñadas, al tiempo en que se divisa y se navega por variadas tonalidades de azules y verdes, una acuarela viva que forcejea con la más blanca de las arenas blancas, hasta caer exhausta al despuntar la noche, cuando el silencio frío de las profundidades hace brillar los corales y los peces.

Alegría y tristeza. Alegría por lo que es y ofrece, tristeza por lo que pudiera ser y no es. El Archipiélago podría y debería ser el más importante y apetecido destino turístico del Caribe, a la par de Aruba, Curazao, Cancún, las Islas Vírgenes y Varadero en Cuba. Contar con una oferta diversa, para visitantes sin grandes expectativas y pretensiones y también, para los exigentes, dispuestos a pagar más si obtienen servicios de calidad.

El punto de partida, si se aspira a atraer más turistas extranjeros, es asear la isla. Entristece el muladar en que están convertidos la Circunvalar y los lotes abandonados. No les cabe una lata más de cerveza, una botella de vidrio y de plástico. Igual de sencillo debería ser remover las algas que en ciertas épocas llegan a las playas; en todas partes del mundo a las playas les hacen mantenimiento y San Andrés no debe ser la excepción.

La Isla cuenta con buen presupuesto, pero el grueso se va en corrupción. Además, todos los gobiernos invierten en San Andrés, el anterior se comprometió con medio billón de pesos, la mayoría aún por ejecutar. Pero la isla no puede depender del erario público, es el sector privado el llamado a catapultarla como un destino turístico internacional. Lo que sí le toca al Estado, es crear las condiciones para que la inversión privada llegue.

Si se aspira a que San Andrés sea un destino turístico importante, debe cambiar algunos paradigmas. Contar con un buen hospital -el que hay está prácticamente desahuciado-, servicios públicos y conectividad de alta calidad, y unas condiciones fiscales especiales. Y menos trabas locales. Solo así logrará atraer a los más reconocidos hoteles de cadena, convirtiendo el turismo en un verdadero motor de desarrollo, empleo y equidad social.

San Andrés y las Islas lo tienen todo, todo lo que la naturaleza da, pero no es suficiente. Se requiere un mayor compromiso de los isleños -raizales y no raizales- y los visitantes asiduos, para mantenerla bien. Negarse a convivir con el desaseo, el óxido y la chatarra, con estructuras caídas, carcomidas por el tiempo y en especial, por la desidia humana. Apostarle a que sea la isla soñada y el más importante destino turístico en el Mar Caribe.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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