El péndulo

El péndulo

Febrero 10, 2019 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

No logro acostumbrarme. Escucho de nuevos casos, se me mueve el piso. Leo de avances de la ciencia y en su tratamiento, alcanzo a ilusionarme, pero continúa cobrando vidas. Cuenta de cobro por aspirar a ser felices e insistir en desafiar lo natural, lo inexorable. Una epidemia o ensañamiento del destino, si existe. Vidas de niños y jóvenes, adultos y mayores. De hombres y mujeres, que querían vivir. Todos querían vivir. Quieren vivir.

Pienso en quienes contaron con suerte -como yo- y continúan con vida. Por un tiempo incierto, pero cada día cuenta. Un día menos es un día más. Tiempo que se encarga de poner en perspectiva el dolor y la angustia: los envía al recuerdo, los encierra, allá los deja. Quedan las cicatrices, las que se llevan puestas y las que se llevan por dentro. Y las preguntas sin respuestas. Pienso en la gratitud, con un Dios, con el azar, o con la nada.

Pienso en quienes están luchando. En su incertidumbre omnisciente. En el querer vivir un día más, el deambular de cuerpos tristes por pasillos tristes, en las miradas dispersas y sonrisas forzadas. En el forcejeo silencioso entre las ganas de vivir y el agotamiento. En ese día a día, lento, y en los meses que parecen años. Y en la esperanza que se impone a cuenta gotas, en cada gota convertida en vida. Pienso en ellos, les quisiera dar aliento.

Pienso en quienes saben que no lo van a lograr. Se lo han dicho o lo presienten. Cuestión de tiempo, un extender artificioso de los días. En el sentimiento de abandono de unos y la tristeza anestesiada de otros. Y en la serenidad, privilegiada, que en muchos habita. En la resistencia a dejar ir, a irse, a dejarlos ir. En la resignación consciente o disfrazada. En el descanso, eterno o pasajero, real o imaginario. Placebo de los vivos y los muertos.

Pienso en mi padre; él no quería morir. Aceptó la muerte a regañadientes. Es más, creo que nunca la aceptó, se la impusieron. Luchó hasta el límite de sus fuerzas, hasta cuando el cansancio minó su voluntad, lo asfixió. Y pienso en María Eugenia, su señora, a quien quise tanto; en cómo se aferraba a destellos de esperanza. En su partida prematura, en mi negación. En la memoria de ambos, que nos mantiene unidos a quienes quedamos.

Pienso en Juan Camilo David y Carlos Vegalara, y en los muchos que no conozco y están luchando. Y recuerdo a Juan Camilo Herrera, a quien la vida le sonríe de nuevo. Pienso en sus padres, en todos los padres, en lo difícil que es ver sufrir a un hijo. Para eso nadie nos prepara. Nada desgarra más el alma, nada. Es una afrenta despiadada al amor más puro e incondicional. Similar pasa con los familiares cercanos y los verdaderos amigos.

Y pienso en Judith Gómez. En su vida dura y accidentada, en sus alegrías y en su lucha. En su generosidad con esta tierra que hizo suya y con este diario, que es su casa. En su familia y en sus sobrinas, en su compañero de vida que perdió prematuramente, en sus amigas, en sus colegas periodistas y de la redacción. En su mirada aguda, su honestidad blindada, su franqueza. En los tonos con que colorea la vida de quienes la conocemos.

Pienso en ella, en su decisión de no luchar más y en lo tranquila que está. Tranquilidad que envidio, que no es derrota sino triunfo, propia de quienes logran descifrar el sentido de las Ítacas. De quienes saben, como el poeta Constantin Kavafis, que lo importante no es el destino sino la travesía. Gracias Judith por compartir con nosotros parte de tu vida. Y por enseñarnos que la vida es un péndulo que se escribe y que se vive, con alegría.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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