Con cara y con sello

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Con cara y con sello

Agosto 18, 2019 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Transcurrido un año de gobierno del presidente Duque, resulta paradójico que algunas de las decisiones importantes y sin duda positivas de su administración, han tenido un efecto colateral negativo. Una ambivalencia que explica en parte la imagen deteriorada del Mandatario y su dificultad para levantar cabeza, y la perspectiva pesimista del país. Por cuenta de unas decisiones acertadas, el Gobierno pierde con cara y pierde con sello.

Iniciemos por la paz parcial. Para quienes esperaban que el Presidente hiciera trizas los acuerdos, no bastaron las objeciones a la JEP y las críticas que hizo a la condescendencia judicial con Santrich; lo ven como traidor. Y para los defensores frenéticos del proceso con las Farc, todo lo hecho -y que haga- por implementar los acuerdos, será insuficiente. Está en el peor de dos mundos, pese a que el grueso de los líos de la paz son heredados.

Igual con el ELN. A cinco meses de recibir un proceso en estado terminal, les dio a esos asesinos por meterle una bomba a la Escuela de Policía General Santander. Duque no tenía más opción que terminar con esa farsa. Y pululan ahora quienes imploran el reinicio del diálogo, por la escalada de violencia. ¡Obvio que se iba a incrementar! La respuesta no puede ser, volver a dialogar. Al revés, toca ser más duros, y desmantelar sus milicias.

En lo político, similar. Desde el primer día de gobierno, Iván Duque ha hecho llamados a la unión. Pero tal convocatoria ha caído al vacío por dos razones: la primera, porque algunas posiciones de Gobierno dividen -y es normal que así sea- y porque a muchos no les interesa la unión, empezando por la oposición: le apuestan a que el Gobierno fracase, esa es su principal estrategia política. Es decir, a muchos no les interesa “reconciliarse”.

En lo económico le piden al Gobierno reformas de fondo y luego le dan duro por intentar hacerlas. La Ley de Financiamiento terminó amputada por cuenta de ajustes necesarios, pero impopulares al IVA. Y la decisión de reducir impuestos a las empresas para generar empleo formal, a muchos les genera urticaria. Y para otros, un crecimiento del 3%, en una economía global patinando y enrarecida, está mal. Palo porque sí, palo porque no.

En política exterior, el Gobierno le jugó a la caída de Maduro y no se ha caído. Si hubiese sido timorato dentro del Grupo de Lima, mal, y como no lo fue y ahí sigue el dictador, malo también. No se debió ni se debe permitir que se “venezualice” su agenda exterior, pero de ahí a cuestionar el liderazgo asumido, hay un trecho. Luego de los venezolanos, a quien más debe interesarle que se caiga o saquen a la brava a Maduro, es a Colombia.

En materia de corrupción, igual. Se rasgan las vestiduras por los proyectos de ley que se hundieron y una decisión realmente de fondo, como acabar con los cupos indicativos, y los contratos y los puestos para -sin eufemismos- comprar al Congreso, poco se valora. El Gobierno confundió el hecho de no dar mermelada con considerar “pecaminosos” a los congresistas que velan por sus regiones; error. Pero había que acabar esa vagabundería.

Finalmente, el carácter sereno y conciliador del Presidente se ha confundido con falta de pantalones, al punto que muchos sienten que no hay presidente. A nuestro país le gusta -y necesita- que lo manden, más estando ávidos de autoridad y orden. Y los tres pilares del Gobierno tienen lógica, pero no debe apostarle a todo por igual; debe definir una bandera, un legado, y jugársela. El primer año no fue solo de aprendizaje: hay logros y decisiones valerosas. Sin perjuicio de corregir en varios frentes y liderar sin titubeos.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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