Algo más por hacer

Algo más por hacer

Mayo 05, 2019 - 06:50 a.m. Por: Francisco José Lloreda Mera

Me sorprendió la cifra: los alimentos que a diario se desperdician en Cali permitiría dar de comer una vez al día a 2,8 millones de caleños, es decir, a toda su población. Así lo indica una investigación de este diario, basada en datos oficiales y de algunos expertos. Increíble, cuando se estima que entre cien y ciento treinta mil caleños, pasan hambre. Lo anterior pese al trabajo titánico de algunas organizaciones por amainar el problema.

Indica el Dagma que en 2018 a diario se generaron 1800 toneladas de residuos sólidos, 657.000 al año, de los cuales el 70%, fueron comida procesada y sin procesar, es decir, que se podía aprovechar. De estas, 319.305 toneladas vinieron solo de hogares. En el caso de las galerías y los restaurantes, no es fácil de estimar; en las primeras se pierden principalmente frutas y verduras; en las segundas, comida servida que no se consume.

Un dato interesante es la relación entre generación de residuos y el estrato. Señala Luis Marmolejo, profesor de la Universidad del Valle, que “mientras una persona de estrato 6 genera 0,77 kilogramos de residuos de comida, alguien de estrato 1 produce 0,43 kilogramos al día, es decir, la mitad”. Esto explica que, a mayor poder adquisitivo, mayor consumo de alimentos y mayor la probabilidad de desechar comida y dejarla servida.

El desperdicio de comida tiene distintos impactos. Uno, el ambiental; de acuerdo con la Organización de Desarrollo Sostenible de América Latina, por cada tonelada de comida en los rellenos sanitarios, se emiten 25 toneladas de dióxido de carbono. En Cali suman 8,2 millones de toneladas de C02 al año. Pero más preocupante que el ambiental, es el impacto social, cuando hay tantas personas, en especial niños, que mueren de hambre.

Naciones Unidas indica que en el mundo 821 millones de personas padecen de hambre y 150 millones de niños sufren retraso en el crecimiento por desnutrición. En el caso de América Latina y el Caribe, 39 millones; y Colombia, 3,2 millones, equivalente a una tasa de 6,5 por cien mil habitantes, año 2017. No debe sorprender entonces, más sí doler, la muerte de niños por hambre. Lo sucedido en La Guajira, por ejemplo, es inaceptable.

El Icbf decidió hacer de la disminución de la mortalidad infantil por desnutrición una de sus prioridades, con acciones concretas que incluyen una mejor identificación de los niños en riesgo, foco en siete departamentos críticos y nuevos Centros de Recuperación Nutricional. Entendiendo entran en juego otros factores como el cultural -caso de los Wayuú que no siempre facilitan la acción estatal-, la corrupción, y el abandono regional.

En Cali, la Alcaldía, y el Banco de Alimentos -que hace una labor extraordinaria- buscan llegar a 50.000 beneficiados, con donaciones y excedentes de alimentos en buen estado. Se ha ampliando la red de comedores comunitarios y se procura brindar una atención más integral en salud. La pregunta obligada a nivel nacional y local es si no hay más por hacer para paliar el hambre, en especial, con semejante desperdicio diario de comida.

El punto de partida deben ser los hogares, con un consumo razonable y un mecanismo sencillo de pequeñas donaciones de alimentos en buen estado, acuerdos con las galerías y restaurantes que cumplan estándares de higiene y calidad, incentivos a la donación y fortalecer la logística de identificación de beneficiarios y distribución; una labor titánica en la que Cali tiene experiencia. “El alimento que se desecha, es como si se le robara de la mesa del pobre, de quien tiene hambre”, dice el papa Francisco. Tiene toda la razón.

Sigue en Twitter @FcoLloreda

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