Si pudiéramos...

Si pudiéramos...

Diciembre 28, 2018 - 11:50 p.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

Difícil establecer prioridades. Son temas fundamentales de cualquier agenda política en Colombia.

El primero. Urgentísimo reducir al mínimo posible los cultivos de coca. Las ganancias ilícitas que generan son una amenaza descomunal a la seguridad y la decencia. Nuestra relación con Estados Unidos está ligada al éxito en esta estrategia. Si aún en Estados Unidos se predica que su sistema electoral es vulnerable, ni qué hablar del colombiano. Desde hace varios años se oyen historias que deberían dar lugar a una revisión juiciosa del mismo. Nada peor que perder confianza en el procedimiento utilizado para escoger las principales autoridades políticas. ¡No solo es el dinero...!

El segundo. Íntimamente ligado al anterior y a los vicios bien conocidos del sistema electoral. La megacorrupción, o los entramados criminales que están saqueando el presupuesto nacional y las regalías. Y que han destruido la confianza de los ciudadanos en la política, sus instituciones y en los políticos.

El tercero. El lavado de dinero que según conocedores de las exportaciones, importaciones, la construcción de vivienda, centros comerciales, casinos, etc..., es mucho más grave que los fenómenos anteriores como que es el mecanismo para introducir esos dineros malditos en el flujo ordinario de la economía, distorsionando los mejores esfuerzos para hacerla competitiva. Desanimando así a los verdaderos empresarios.

El cuarto. La consolidación de la Paz que requiere, entre otros, que la reincorporación de antiguos guerrilleros a nuevas organizaciones armadas ilegales no siga creciendo, y sus integrantes se desmovilicen o sufran el destino de Guacho. Y claro está que La JEP cumpla a cabalidad con su deber.

El quinto. Que las elecciones de octubre 2019 estén libres de los arreglos que han criminalizado el ejercicio de la política y han deformado la correcta formulación y aplicación de políticas públicas en el sector de la salud, de la educación, de la construcción de infraestructura y de la prestación de servicios públicos.

El sexto. Que la maxiconflictividad, anunciada como la esencia del post conflicto, en lugar de deteriorar la democracia sirva más bien para fortalecerla.

El séptimo. Que la administración de Justicia encuentre, por fin, el camino para lograr eficiencia, transparencia y ecuanimidad por todos apreciadas.

El octavo. Que se haga una evaluación justa del desempeño del presidente Duque, que tenga en cuenta no solamente sus cualidades bien conocidas de persona responsable, seria, disciplinada, consciente de sus altos deberes, sino la relevancia de su principal meta que es la Equidad. Un propósito que ha sido postergado, que es urgente y que es justo y necesario. O sea, reconocer que sí sabe para dónde va y qué visión tiene para su patria.

Si pudiéramos lidiar con estos problemas con relativo éxito -una empresa muy ambiciosa- estaríamos aprovechando de verdad la oportunidad que pocos países están contemplando para fortalecer su democracia tan de capa caída en tantas partes.

Colombia eliminó el sectarismo político gracias a los 28 años del Frente Nacional, a la transición que propició el presidente Barco con el esquema gobierno-partidos de oposición, al proceso de paz que consolidó César Gaviria y a la nueva institucionalidad encarnada en la Constitución de 1991. Desde Turbay ha venido buscando la paz con las guerrillas de izquierda y otros grupos armados organizados. Ahora tiene que completarla y renovar con todo ímpetu nuestra mejor tradición democrática. Formidable y noble tarea.

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