Historia

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Historia

Julio 10, 2020 - 11:50 p. m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

En alguna parte leí que por fin se puso en marcha la enseñanza de historia de Colombia en los colegios. Una ley unánime del Congreso había ordenado esta muy importante cátedra.

Sería una de las mejores maneras de conmemorar el bicentenario. Que todos los estudiantes compartieran una visión de nuestra compleja historia, de sus luces y sombras, aciertos y desaciertos.

Colombia no se ha distinguido por desarrollar un recuento objetivo de su historia. El Centro de Memoria Histórica ha sido un intento por construir el conocimiento sobre las décadas más recientes, las que tienen que ver con un horrible período de manifestaciones violentas. Y existe un gran debate sobre lo que ha realizado y lo que está haciendo ahora. Un esfuerzo muy importante y muy costoso. En buena hora se puso en marcha.

Por fortuna van proliferando las historias empresariales que, en buena parte, ha venido promoviendo Carlos Dávila, de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes. Y, también, las biografías de empresarios como la que comentamos a comienzos de este año, sobre Don Leo Kopp, elaborada por L.F. Molina, de la misma Facultad.
Yo mismo, sin pretender ser historiador, me ocupé de escribir una crónica sobre los cincuenta años de la Fundación Ford en Colombia que enriqueció el historiador Molina. Ojalá lo propio se hiciera con instituciones similares extranjeras y nacionales.

Cuando a raíz de ese aniversario visitó a Bogotá el presidente de la Fundación, en las primeras palabras mencionó la Universidad de los Andes como el impacto más importante de esa institución filantrópica en Colombia. Eso es bastante decir. No pudo concluir lo mismo con respecto a otras universidades que también recibieron sus apoyos financieros y su asesoría. El programa de publicaciones de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes está divulgando ese texto escrito hace ya siete años, gracias al interés de la entonces directora de la Fundación Ford para los países andinos, Myriam Méndez.

Difícil que no haya una versión más controvertida que la que tiene que ver con la narrativa histórica del país o de una institución. El Instituto de Ciencia Política publicó una colección de 17 ensayos a final del año pasado, con un prólogo de Mauricio Botero Caicedo y una introducción de Jorge Humberto Botero. La edición fue coordinada por el profesor Iván Garzón Vallejo. Es un intento bien logrado para presentar una imagen de lo que ha sido la evolución histórica en Colombia (‘Colombia: una Nación hecha a pulso’). En esa colección hay un ensayo muy sencillo pero luminoso del profesor de la Universidad de Oxford, Malcolm Deas, que ha dedicado casi 60 años de su vida a estudiar y divulgar nuestra historia y a formar eminentes historiadores colombianos y británicos.

Con frecuencia cito su audaz caracterización de lo que ha sido Colombia: “Alta estabilidad, difusión del poder, amplias libertades, régimen empedernidamente civilista, débil capacidad de represión, orden público precario, alta violencia que afecta principalmente a los estratos bajos, calendario electoral fijo, electorado variado -desde cautivo, pasando por clientelista negociador, hasta de opinión-, legalista y leguleyo, no hay virrey pero sobreviven la audiencia y los oidores. (…) Poco populista, esencialmente reformista, poder presidencial limitado, manejo económico estable, lucha muy visible entre el bien y el mal; mucha protesta”.

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