Elegancia parlamentaria

Elegancia parlamentaria

Septiembre 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

En los Parlamentos existen reglas para que el debate, propio de esa institución, se adelante con la mayor civilidad. No se trata de que sea baboso, inocuo o se pierda en frases insustanciales. La ironía, la dureza de los argumentos, no deben ser ajenos a una buena controversia parlamentaria. Existen antologías de intervenciones, que así lo demuestran Churchill, Clemenceau, Jaurés.Los manuales sobre la vida parlamentaria señalan aquellas palabras que no son de buen recibo. Si alguien debe dar ejemplo de altura y de elegancia, así como de contundencia y gracia, en una controversia, son precisamente los miembros de un Congreso, de una Asamblea, de un Parlamento.Algunos estudiosos de la violencia en Colombia, se han ocupado de establecer una relación entre lo que fue la dureza de los debates en el Congreso Colombiano en los años cuarentas y los fenómenos de violencia que plagaron el territorio colombiano. Una expresión brutal en el Congreso, se traducía en machetazos en veredas colombianas. (Gonzalo Sánchez, Darío Acevedo, etc.)Ese recuerdo debería estar muy presente entre nosotros. En el debate del jueves pasado en el Congreso, hubo de todo. Expresiones y frases que jamás se han debido pronunciar, hasta planteamientos inteligentes y bien formulados. Ello se puede predicar con respecto a todas las fuerzas políticas. Es bueno decirlo así, porque lo que necesitamos entre nosotros es una controversia seria, con altura, ojalá con las mejores formas del buen decir, no desprovistas de vigor.Como dicen los franceses “hay maneras de hacer y de decir las cosas”… y en este caso ello sí que es cierto. Conviene recoger algunos ejemplos: las durísimas estigmatizaciones contra judíos, masones, comunistas, en los treintas y cuarentas, para mostrarlos como la tríada infernal que amenazaba la civilización y eso, en ocasiones, asimilado al Partido Liberal. Cuando ocurrió la trágica muerte en el Congreso del Representante Jiménez, el editorial de El Tiempo del 9 de septiembre de 1949 dijo: “somos nosotros los propios colombianos los que estamos encargándonos de destruirnos a nosotros mismos, en un acto de desconcertante masoquismo colectivo”. Por la misma época, la Dirección Nacional del Liberalismo rechazaba los intereses sectarios y beligerantes y reclamaba la necesidad de un “factor de equilibrio, moderado y justo, imparcial y sereno”, que era lo que la República exigía y necesitaba. En algunos momentos se hablaba de que “el país está viviendo un régimen de terror organizado y sistemático…” Se hablaba de “la disolución moral”, “la decadencia”, “la degradación”, “la ordinariez”. Aquí va otro ejemplo: “en el despeñadero de la lucha fratricida, los colombianos llegamos hasta el fraccionamiento de la unidad, estableciendo dos verdades, dos criterios de certeza, para todas las cosas”.Es muy famoso el elegante intercambio de ironías entre Churchill y una Parlamentaria en la Casa de los Comunes, en Gran Bretaña: ella le dijo, “Honorable Parlamentario: si yo fuera su esposa, hace mucho tiempo le habría echado veneno a su taza de té”. Y él respondió: “Honorable Parlamentaria: créame que si yo fuera su esposo, con gusto me lo habría tomado”. Eso se llama entre nosotros, el repentismo; la capacidad de responder con un gracejo a una frase de esas.Abelardo Forero, el 17 de Agosto/49 dijo: “la violencia política tiene muchas causas y, entre otras, discursos que se pronuncian en las Cámaras”.

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