Civilizados

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Civilizados

Enero 03, 2020 - 11:50 p. m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

Así fueron los actos de posesión de la doctora Claudia López como alcaldesa mayor de Bogotá. Refrescante. Y estimulante. Un discurso con un temario actualizado, que responde a las nuevas actitudes de una ciudadanía en búsqueda de nuevos rumbos y oportunidades.

El gesto más significativo, en mi perspectiva, la invitación que resultó determinante para que Carlos Fernando Galán, su principal contrincante en la competencia electoral, fuera escogido como el presidente del Concejo de Bogotá. Una manera muy civilizada, hay que insistir en el concepto, de organizar la vida política. Los contrincantes no son enemigos que hay que arrasar, excluir o borrar del mapa sino voceros de puntos de vista diferentes que, en una democracia, deben ser tomados en cuenta. Inclusión y no exclusión es la consigna que está inspirando muchas corrientes políticas de nuestro tiempo.

Galán tiene, entonces, una responsabilidad muy alta. El buen funcionamiento de este esquema, a título de independencia y no de oposición, será observado por toda la nación. Y, ojalá, existan fuerzas políticas de oposición sin las cuales el ejercicio cabal de la democracia es imposible. Porque es esa dinámica, Gobierno-Oposición, en ambos casos llevada sin excesos, la que garantiza el buen gobierno y propicia alternativas inteligentes de poder. Así es como se construye una apropiada gobernabilidad política. Y así la ciudadanía se siente bien representada. No olvidemos que es la crisis de representatividad la que ha debilitado gravemente las democracias liberales en el mundo.

No son fáciles -y ella lo tiene bien sabido- los desafíos que enfrenta la Alcaldesa. En primer lugar, el buen manejo de su condición como Jefe de la Policía Metropolitana. Nadie duda de su respeto por la protesta social y por los derechos y libertades que juró defender como bases fundamentales de la Constitución Política. No desconoce que una protesta sin regulaciones, está condenada a la anarquía y al desconocimiento de los derechos y libertades de los ciudadanos que no están involucrados en la protesta, así la compartan. Nada fácil. Regular la protesta no es sofocarla ni reducirla a su mínima expresión. Regular la protesta es garantizar que ella pueda expresarse con todo vigor para alcanzar legitimidad y ganar el respeto del Gobierno y de la ciudadanía.

Otro enorme desafío. Lograr que su administración sea un modelo de transparencia. Que la corrupción no tenga la más mínima presencia y si ello ocurre, la contundencia en rechazarla, erradicarla, sea ejemplarizante.

El tema de erradicar el miedo que se ha ido apoderando de los ciudadanos es, también, un desafío descomunal. Así como las leyes y la Policía no son suficientes para prevenir la corrupción, tampoco lo son para devolver a los ciudadanos la tranquilidad perdida. Y por ello todo lo que se haga para que la región metropolitana y la región central funcionen de manera armónica es indispensable. Es que no hay una ciudad gobernable si ella está rodeada de aglomeraciones que no tienen ni Dios ni ley, ni empleo ni seguridad, ni bienestar ni esperanza. Esas aglomeraciones en lugar de haber cumplido la tarea de ofrecer una forma de vida más amable que la de la ciudad mayor, son una fuente indescriptible de amenazas y problemas.

Los ojos de la nación estarán puestos en Bogotá, Medellín, Cartagena y Cali como potenciales ejemplos de lo que podría ser un modelo de gobernabilidad democrática.

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