Se los fumó verdes

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Se los fumó verdes

Agosto 18, 2019 - 06:30 a.m. Por: Esteban Piedrahíta

En días pasados apareció en la revista Forbes una columna de Steve Hanke, profesor de la Universidad de Johns Hopkins, conminando a Colombia a deshacerse del peso en favor del dólar. Hanke, un viejo adalid de la dolarización o adopción de otras monedas “duras” por economías más pequeñas, ha asesorado a más de una docena de países, incluyendo Argentina y Ecuador, en la implementación de este tipo de esquemas cambiarios.

Que el peso se haya devaluado un 45 % frente al dólar desde agosto de 2014, es para Hanke “un robo” y prueba de que es una moneda “perdedora”. Por esta razón, aduce, “los colombianos prefieren los verdes”. También sostiene que nuestra divisa es un “desestabilizador destructivo”, y que “los países que han dolarizado generan inflaciones menores y menos variables, y crecimientos mayores y más estables”. Como muestra de ello, cita el éxito reciente de Panamá (que adoptó el dólar en 1903).

La argumentación de Hanke no repara en contextos, ni diferencias entre economías, y hace un uso bastante selectivo de coyunturas y ejemplos. Pasa por alto, claro, que entre 2003 y 2014 el peso fue un claro “ganador”, valorizándose en un 50 % frente al dólar. Y sobretodo, que para hacer comparaciones precisas se debe mirar la tasa de cambio real, que incorpora diferenciales de inflación y ha sido bastante estable desde 1986.

Al enfatizar el caso de Panamá —que como resalta un twittero es “un centro financiero [comercial] y de turismo, y un paraíso fiscal [y puerto libre]” parecido a otros que han adoptado medidas similares como “Andorra, Mónaco… e islas de la Micronesia y el Caribe”—, Hanke desnuda su ignorancia sobre Colombia. Si bien es cierto que la inflación panameña ha sido históricamente menor a la colombiana, la brecha se ha cerrado en las últimas 2 décadas. Y en materia de crecimiento, aunque la globalización ha hecho de ese país la estrella de la región en este siglo, su comportamiento de largo plazo ha sido más volátil y no siempre mejor que el nuestro.

Pero además, Hanke omite profundizar sobre otros casos de dolarización, como los de El Salvador y Ecuador (o la debacle de la “convertibilidad” argentina). Desde que el primero adoptó el dólar en 2001, ha crecido menos que los demás países de Centroamérica y mucho menos que Colombia. Aunque a Ecuador le ha ido mejor, desde que cayó el petróleo en 2014, su economía —que no tuvo la válvula de escape de una devaluación—, creció un 2,9 % en términos reales, contra un 9,4 % de Colombia.

Tampoco sobra recordarle que, en lo que va de este siglo, Colombia ha crecido bastante más que el país que emite los billetes verdes, no ha sufrido una crisis financiera de magnitudes históricas, y su manejo monetario y fiscal ha sido bastante más ortodoxo y prudente que el norteamericano.

Hanke cierra su columna recomendando a Colombia abrazar la supuesta conclusión del fallecido economista Rudi Dornbusch de que la dolarización es un “no-brainer” (obviedad).

Conocí a Dornbusch a principios de los noventa, y su perspectiva era mucho menos simplista. Recomendaba la dolarización para Argentina, pero no para México, por ejemplo. Además, guardaba gran aprecio por la tecnocracia e instituciones económicas colombianas. Para él, nuestro país era una paradoja: “una mezcla entre Suiza y la Chicago de los años 30”.

No sé si Hanke haya visitado Colombia. Pero cuando lo haga, le sugiero tratar de pagarle a un taxista en dólares. Mientras uno venezolano o argentino se los raparía, y uno peruano sería indiferente, nuestro compatriota lo mirará con perplejidad y algo de impaciencia. Y, si se los recibe, lo hará a una tasa que al profesor le parecerá “un robo”.

Sigue en Twitter @estebanpie

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