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La cortapisa de la desigualdad

Junio 13, 2021 - 06:25 a. m. 2021-06-13 Por: Esteban Piedrahíta

Será más fácil llegar a acuerdos amplios si concebimos la desigualdad como una cortapisa a la productividad, más que su consecuencia.

El principal problema de Colombia, y una de las grandes fuentes de sus desgracias, es la baja productividad. La insuficiencia de capacidades y recursos, y la inhabilidad para disponerlos en arreglos que sean eficientes en la generación de riqueza a escala y de amplio alcance, es el determinante fundamental de nuestra pobreza, así como la de tantos países. Problemas de segundo orden, como la informalidad, son consecuencia, más que causa, de la baja productividad. Algo similar aduce el investigador Efosa Oyomo sobre la corrupción.

En lo que atañe a la desigualdad, una de las grandes cruces que cargan Colombia y América Latina desde la Colonia, a la vez que consecuencia de la baja productividad, es también una causa. Cuando los recursos, las capacidades y las oportunidades, así como la influencia sobre los arreglos políticos y económicos, están repartidas de manera tan inequitativa y casi siempre condicionada por accidentes de nacimiento, la sociedad no se permite aprovechar todo su potencial y se alimenta la conflictividad. No es coincidencia que América Latina, lejos de ser la región más pobre del planeta, sí sea la más desigual y la más violenta.
Reducir las inequidades para desencadenar la productividad y así tener medios para disminuirlas aún más, requiere de la intervención decidida del Estado. Sucede así en los países del norte de Europa, donde la desigualdad antes de impuestos y gasto público es similar a la de Colombia, y la movilidad social es superior a la de sociedades con estados menos robustos. Esta intervención, sin embargo, tiene que ser matizada e inteligente. Como lo comprueba Venezuela, hay modelos que pregonan la reducción de inequidades, pero terminan aplastando la productividad y conduciendo a mayor pobreza, nuevas desigualdades y autoritarismo.

El principal foco de reforma en Colombia debe ser el régimen tributario. Las empresas formales y los consumidores pagan una buena cantidad de impuestos en nuestro país. Sin embargo, por vía del impuesto de renta a personas naturales, se recauda muy poco —1,2% del PIB, contra 2,3% en Latinoamérica y 8,3% en países de la OCDE. Aunque la reforma de 2019 aumentó los impuestos a las personas de mayores ingresos (y patrimonios), las tasas efectivas siguen siendo muy bajas (17% para ingresos de $500 millones anuales, contra 27% en América Latina, 35% en EE.UU., y 41% en España). Aquí el esfuerzo más redituable está en la eliminación de exenciones y la fiscalización del 1% de mayor ingreso y riqueza.

Otro énfasis fundamental de reforma debe ser el pensional. Es inaudito que el subsidio de Colpensiones aumente con el nivel del salario, como lo es que los colombianos de mayores ingresos tengamos la posibilidad de reducir nuestros tributos vía inversión voluntaria en pensiones privadas (¡y luego cambiarnos a Colpensiones!). Ningún rubro del gasto público es más inequitativo que el pensional. Para ampliar su cobertura, no obstante, es imprescindible revisar el régimen laboral para permitir mayor acceso al empleo formal a los excluidos, sin afectar a quienes están trabajando hoy.

La tierra, una de las grandes fuentes históricas de la desigualdad en Colombia —y obsesión por igual de la izquierda y la derecha— es cada día menos relevante para el éxito de las naciones. La actividad agropecuaria genera apenas el 5% del PIB colombiano, y más del 85% de nuestra población habita en las ciudades. Un mejor aprovechamiento de este activo común, desde luego, sería muy deseable. La manera inteligente de lograrlo es vía un catastro robusto que determine con precisión los derechos (y deberes) de sus propietarios, y vía impuestos que estimulen su uso productivo. Será más fácil llegar a acuerdos amplios si concebimos la desigualdad como una cortapisa a la productividad, más que su consecuencia.
Sigue en Twitter @estebanpie

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