Glifosato

Glifosato

Marzo 12, 2019 - 11:50 p.m. Por: Emilio Sardi

El reciente debate sobre el uso del glifosato adelantado por la Corte Constituyente evidenció la pobreza intelectual y de principios que mantiene sumido a este pobre país en el subdesarrollo. ¡Difícil encontrar un menú más variado de sofismas científicos, filosóficos y de política pública que el que se presentó ahí!

Inventado en 1970, el glifosato empezó a comercializarse en 1974, cuando se vendieron 3 mil toneladas. Su uso fue creciendo rápidamente y se disparó a mediados de los 90, en virtud del desarrollo y el cultivo de variedades de maíz, soya y algodón resistentes a herbicidas. Hoy su uso es generalizado en innumerables cultivos y más de 130 países tiene registrados productos con ese principio activo. En 2014, 40 años después de su lanzamiento comercial, el mundo utilizó 825 mil toneladas de glifosato.

Por dos generaciones, productos que han estado en contacto con glifosato han sido consumidos o usados por cientos, probablemente miles de millones de seres humanos. Es difícil pensar en una substancia que reúna una casuística mayor. Cabe preguntarse cómo es que, si los riesgos que anuncian algunos de los ‘expertos’ que participaron en el debate son tan graves, esos terribles efectos sobre la salud que ellos vaticinan no han sido más evidentes en un universo tan amplio de personas expuestas y en un período de uso tan extenso, pues serían millones los casos de cáncer o de otras patologías que tendrían que estar documentados, de tener algún piso científico sus afirmaciones.

La realidad es otra. Ni Estados Unidos ni Europa ni ninguno de los países más preocupados por la salud humana han tomado la decisión de prohibir el uso del glifosato, a pesar de que alguna agencia internacional lo incluyó en 2015 en el listado de elementos “probablemente cancerígenos”, junto con los celulares, la carne y el trabajo en las peluquerías. Contra los contados estudios que especulan sobre posibles riesgos, hay más de 800 estudios, incluyendo el estudio epidemiológico ‘Salud Agrícola’, de EE.UU., que avalan la seguridad de la molécula.

En cuanto al tan invocado ‘principio de precaución’, surgen preguntas. La primera tiene que ver con cuál pesa más, la duda o la certeza. Afirman quienes lo usan para prohibir el uso del glifosato para combatir la coca que abrigan dudas sobre sus posibles efectos dañinos. Y abogan por la erradicación manual, que claramente conduce a la muerte y mutilación de cientos de los colombianos dedicados a esa labor, a manos de los criminales que cuidan esos cultivos y de las minas que siembran para protegerlos. ¿Cuál pesa más, la duda sobre un teórico e indeterminado posible daño, o la certeza de enviar a cientos de compatriotas a la muerte y a la mutilación?

Y están las que nacen cuando el señor exministro de Salud Alejandro Gaviria, afirma que “no es éticamente posible” aceptar una estrategia que puede afectar la salud. Siendo esto así, ¿cómo es que cuando ejerció como ministro y ya había manifestado esa posición no prohibió el uso que tiene el glifosato en innumerables cultivos lícitos?, ¿por qué permitió que los millones de campesinos colombianos que lo usan quedaran expuestos a tan graves daños?, ¿“no es éticamente posible” en el caso de los narcotraficantes, pero sí en el de los campesinos honrados?

Evidentemente, si algo dejó claro ese debate es que pesan más las lealtades políticas que el rigor científico y la integridad intelectual.

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