El balance social (1 y 2)

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El balance social (1 y 2)

Mayo 12, 2020 - 11:35 p. m. Por: Emilio Sardi

A diferencia de los animales, el ser humano tiene la capacidad de anticipar el resultado de sus acciones y modificarlas de acuerdo con lo que su intelecto, cuando lo usa, le aconseje. Por eso, normalmente busca establecer un balance entre los costos y los beneficios de las que piensa acometer, para decidir si procede y, de ser así, cómo lo hará. No conozco que en algún sitio se haya hecho en forma explícita un balance de esta naturaleza para el manejo de los riesgos generados por la aparición del virus SARS-COV 2, conocido popularmente como covid-19 o, más apropiadamente, como el COCO-vid. Buscaré esbozar este balance para el caso colombiano.

Para hacer el ejercicio, deben expresarse ambos lados de la ecuación en términos iguales. Comparar peras con bananos o vidas con dinero, como lo hacen los demagogos, es de sofistas. Por tratarse de la amenaza sobre unas vidas, este balance social debe contrastar las expectativas de vida y el bienestar social en ambos lados de la ecuación.

Para el lado que corresponde a la amenaza del virus, los modelos iniciales de “expertos” como el Imperial College de Londres predecían un total de hasta 40 millones de muertes en el mundo. Los hechos han demostrado que estas proyecciones eran absolutamente deleznables, y ya es claro que las muertes en el mundo no llegarán a un millón, poco más de las que todos los años produce la gripa estacional, y apenas una pequeña fracción de las predicciones de esos “expertos”.

Este es particularmente el caso en el cinturón intertropical, en donde el virus ha exhibido una virulencia muy inferior a la de la zona subtropical. En el caso de Colombia, con una tasa de mortalidad que es apenas superior a un centésimo de las de países como España e Italia, no es probable que las muertes por esta causa lleguen siquiera a 2 mil, en un país que registró 238 mil muertes en 2019.

En cuanto a lo que se busca lograr con las medidas, los más recientes modelos del INS predecían un total de 1.080 muertes al culminar el aislamiento el 11 de mayo, y estimaban que habría habido 20.674 muertes de no haberlo impuesto. En otras palabras, se aspiraba a que el aislamiento evitara aproximadamente 20 mil muertes. Dado que la mayoría de las víctimas de este virus son personas de edad muy avanzada con serias comorbilidades, sus expectativas de vida probablemente serían bastante cortas. Se estaba, por eso, hablando de ahorrar el equivalente a cuando más 100 a 120 mil años-vida.

Este objetivo deberá ser contrastado ahora con el costo social de lograrlo, teniendo en mente que los ahorros en años-vida que se logren por haber tomado medidas como el aislamiento universal no son recurrentes. Entre otras razones, porque en el futuro cercano se contará con tratamientos efectivos y con vacunas, y en algunos sitios se habrá desarrollado inmunidad de rebaño. En cambio, los costos, tanto en vidas como en bienestar social, seguirán pagándose por años.

El listado de estos costos es largo, pues la caída en el PIB que sufrirá Colombia por el aislamiento obligatorio y la parálisis prolongada de la actividad nacional, que Fedesarrollo estima hoy en hasta 7,8% y probablemente alcance los dos dígitos, conducirá a cierres masivos de negocios y a un tremendo aumento en el desempleo. Los costos en vidas y en bienestar por esta caída serán enormes.

Ya en marzo, el número de personas ocupadas cayó en 1,6 millones. Cuando, en medio de incapacitantes protocolos, les permitan operar, muchas empresas encontrarán que ya no son viables y cerrarán, como ya lo han anunciado decenas de miles, eliminando empleos que tardarán años en recuperarse. Se estima que en pocos meses el número de desocupados aumentará en varios millones, como también lo hará el número de personas que caerán bajo la línea de la pobreza. Y el desempleo y la pobreza son mortales.

El desempleo aumenta en 50% el riesgo cardíaco, lo que, en un país con 45 mil muertes anuales por patologías cardíacas, conducirá a decenas de miles de muertes adicionales. Y duplica y puede triplicar la tasa de suicidios, amén de generar toda suerte de patologías no mortales, pero sí incapacitantes. Y causa pérdida de salud y de vidas por alcoholismo y adicciones a las drogas, además de los daños en vidas y salud por el aumento en la violencia, intrafamiliar y callejera. El desempleo mata, y deteriora la salud general del desempleado y su familia.

En cuanto a la pobreza, países como el Reino Unido han establecido una menor expectativa de vida de más de ocho años en las clases más pobres, fruto de una mortalidad infantil 2,5 veces mayor, mala alimentación y mayor incidencia de enfermedades. Al caer más de cinco millones de personas por debajo de la línea de pobreza, como se espera, se perderán por lo menos 40 millones de años-vida. Esto sin hablar de efectos de largo plazo como los que se dan al afectar el desarrollo mental de los niños o las mayores deficiencias en su educación. O del deterioro de la equidad.

Hay muchos otros costos en las medidas, como los enormes costos en vidas y bienestar generados con la parálisis de buena parte del sector salud, que conduce a diagnósticos tardíos y ausencia de atención oportuna a los pacientes. Siendo imposible completar tan larga lista en este corto espacio, basta añadir que la caída en el PIB bajará tremendamente el nivel de vida de todos los colombianos, particularmente el de los más pobres. A lo que se añade el gravísimo costo de las medidas desde el punto de vista de la pérdida de libertad y violación de los derechos de los ciudadanos.

El balance social muestra que el costo social de las medidas que se han impuesto excede ampliamente su beneficio. Y que con cada día que pasa, la situación se agrava. Es urgente que se actúe con una visión completa y no parcial del panorama social y se tomen las medidas requeridas para remediar el brutal daño social que el país está sufriendo. Y que se enfrente con decisión a los demagogos locales dedicados a buscar réditos políticos fomentando y explotando el miedo de la ciudadanía.

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