Un adiós amargo

Mayo 22, 2015 - 12:00 a. m. 2015-05-22 Por: Diego Martínez Lloreda

Como el esposo que, tras muchos años de matrimonio, decide divorciarse y le comunica la determinación a su pareja a través de una carta.Así, ni más ni menos, actuó la firma Mondelez --que producía entre otros productos los chiclets Adams-- con el cierre de su planta en Cali. El Presidente de la compañía, como el marido de marras, nunca dio la cara ni reunió a sus empleados para explicarles la causa del cierre. Es más, a los trabajadores los engañaron y les dijeron el sábado que no podían entrar a las instalaciones porque iban a fumigarlas. Lo que no causó extrañeza porque, en una fábrica de dulces, ese es un procedimiento rutinario.Ya el lunes, los convocaron al Centro de Eventos Valle del Pacífico, donde, tras informarles brevemente la situación, los conminaron a firmar la liquidación, bajo la amenaza de que si no lo hacían ese mismo día, se exponían a perder los beneficios extralegales. Mejor dicho, los señores de Mondelez manejaron el asunto con las patas. Incluso, tampoco calcularon el impacto que la noticia iba a causar en Cali, en donde la empresa tuvo presencia por más de medio siglo y en donde era una de las multinacionales más apreciadas.Lo que, por cierto no es de extrañar, no solo porque las multinacionales no se distinguen propiamente por su sensibilidad, sino porque en diez años la empresa cambió cuatro veces de dueño, con lo cual el sentido de pertenencia, si es que alguna vez lo hubo, se perdió totalmente.Mejor dicho, más que la noticia misma del cierre, lo que ha molestado a los empleados, y a los caleños en general, es la forma como se manejó el asunto. Porque razones para cerrar tenían: el año pasado perdieron la bobadita de $30 mil millones y la tendencia era aún peor. Además, teniendo una megafábrica en México, por aquello de la economía de escala, les resultaba mucho más rentable trasladar su producción a México. Y para completar, se produjo el marchitamiento de la economía venezolana, hacia donde se dirigía buena parte de la producción de la fábrica caleña de Mondelez. O sea que el problema no es Cali, ni que aquí no haya incentivos para los inversionistas. El asunto es de mercado y sigue una tendencia que impera entre las multinacionales en las últimas dos décadas, consistente en centralizar la producción para ser más eficientes. Con lo cual, como diría el presidente Santos, no podemos ‘rascarnos’ las vestiduras por el cierre de estas y de otras factorías que en el reciente pasado se han marchado de la ciudad. Entre otras cosas, porque otra de las causas del declive de esta empresa es el crecimiento que han tenido compañías locales como Colombina y Aldor que, a punta de calidad y acertadas estrategias, se adueñaron del mercado de la confitería en el país.De todas formas, admito que me siento como la esposa aquella a la que el marido le comunicó por escrito que ya no la amaba y que por eso se divorciaba. Lo que no le perdono a Mondelez no es que nos haya ‘dejado de querer’ sino la desdeñosa manera en la que nos lo notificó. Y para calmar esta ‘tusa’, comunico que a partir de la fecha, en vez de consumir chiclets Adams, masticaré Bom-Bom-Bum y Yogueta; en lugar de galletas Oreo y Club Social, comeré Crackeñas, en cambio de Sparkies consumiré Frunas y en vez de Halls, chuparé Coffee Delight.

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