La estocada de la Corte

La estocada de la Corte

Septiembre 05, 2014 - 12:00 a.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Desde el principio de los tiempos el hombre ha ‘torturado’ a los animales. Y hoy, en pleno tercer milenio, lo sigue haciendo. Tortura a las reses que envía al matadero para matarlas de un brutal choque eléctrico y después comérselas en forma de bistec; tortura a los pollos que cría sin que se puedan mover y en un hacinamiento que no se ve ni en la cárcel de Villahermosa; tortura a los marranos que degolla para convertir en jamón; tortura a los peces a los que, a punta de engaños, captura con un anzuelo, para luego someterlos a una cruel agonía. Lo que significa que quienes se oponen a la tauromaquia porque consideran que en ese espectáculo se somete al toro a una tortura inmisericorde, no deberían comer ni carne, ni cerdo, ni pollo y mucho menos pescado, para ser coherentes con su forma de pensar.En una corrida de toros, al menos, al animal se le da la oportunidad de luchar por su vida. Y si lo hace de una forma valiente y noble, se la perdonan. Lo que, por supuesto no ocurre en un matadero, macabro recinto en donde, que yo sepa, nunca han indultado a res alguna.Pero en aras de la tolerancia puedo entender que a mucha gente no le guste ese espectáculo, que si se mira de forma fragmentada, sin duda resulta cruel. La solución para ellos, los antitaurinos, es simple: no vayan a las corridas. Lo que no entiendo, y tampoco entienden los tribunales de Justicia, es por qué se empecinan en acabar con un espectáculo por la simple razón de que no les gusta. La verdad es que algún sector de la izquierda, como el que lidera el totalitario alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, ha convertido la cruzada contra el espectáculo taurino en otra expresión de la lucha de clases. A Petro y sus camaradas les importa un carajo la suerte de los toros. Lo que los ofende es que un conglomerado, que ellos consideran representantes de la oligarquía, se diviertan de semejante forma. Pues en el fallo que produjo esta semana, la Corte Constitucional les dio una ejemplarizante lección de justicia a Petro y a quienes posan de adalides de la tolerancia, pero que pretenden acabar con todo lo que no les gusta. La arbitrariedad cometida por Petro, al cancelar de un plumazo las corridas en Bogotá, no solo vulneró el derecho de una minoría a apreciar lo que la Corte, en la sentencia C666, calificó como una “expresión artística del ser humano”, sino que atropelló los derechos adquiridos por un particular, la Corporación Taurina de Bogotá, que tenía un contrato vigente con el Distrito. Mejor dicho, actuando al estilo Chávez, Petro pasó por encima de la ley para satisfacer su capricho. Y ahora será al Distrito, es decir a los bogotanos, a los que les tocará responder por semejante chapucería, pues la Corte ya declaró la existencia de un daño consumado por la no realización de la temporada taurina del 2013. Lo que, claramente, abre la posibilidad para una millonaria demanda.Este episodio deja claras lecciones para los gobernantes y para la sociedad en general. Uno, nadie está por encima de la ley y para satisfacer sus caprichos no puede atropellar los derechos ajenos. Y dos, y lo más importante, los derechos de las minorías hay que respetarlos, así la mayoría no los compartan. A los antitaurinos hirsutos les recomiendo tener en cuenta una máxima que es uno de los pilares de la democracia “El deber de la mayoría es velar que se respeten los derechos de las minorías”.

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