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En el
sexto piso

Julio 22, 2021 - 11:55 p. m. 2021-07-22 Por: Diego Martínez Lloreda

Walt Disney; el famoso trompetista Louis Amstrong; Fulgencio Batista, el dictador cubano que fue derrocado por la revolución que encabezó Fidel Castro...

Todos estos personajes tenían 60 años en 1961, año en que yo nací.
Hago esta evocación porque justo en el momento en que pergueño estos párrafos estoy llegando al sexto piso. Por supuesto a nadie, más allá de mi familia y de mis amigos, le importa un pito si cumplo años y mucho menos cuántos cumplo.

Pero resulta que para el que perpetra esta columna sí es importante este hecho y por ello he optado por romper una regla que he mantenido durante los 28 años que la he escrito: no tocar asuntos personales en este espacio público.

Es que llegar a esta edad no es cualquier cosa. Es el fin de la juventud y el comienzo de la vejez. La etapa final de la vida.

Mirando hacia atrás, he de decir que tuve una inmensa suerte. No soy de aquellos que tienen múltiples talentos: saben cantar, son buenos deportistas, excelentes para las matemáticas y para la biología, pintan bien, etc.

A esos pobres seres les cuesta muchísimo decidir qué van a hacer en la vida. Y con frecuencia se van por el camino que no es, con lo cual la frustración es grande. Pues yo no tuve ese problema: tengo oído de artillero, soy regularón como deportista, pinto horrible y odio las matemáticas, la biología, la física y ciencias afines.

La única facilidad que tuve desde muy niño fue la de escribir. Que me llegó, creo yo por otra afición que tengo desde la niñez: la lectura.
Recuerdo que en el Liceo Francés, donde cursé la primaria, durante los recreos me metía a la biblioteca a leer a Julio Verne, a Tintín, a Asterix y Obelix y a Lucky de Lucke.

Con lo cual me resultó fácil escoger a qué me iba a dedicar en la vida: al periodismo. Para tomar esa decisión contribuyó, como lo conté el día que me entregaron el premio Gabo, haber leído una apasionante entrevista al marino Luis Alejandro Velazco, que primero se publicó en el Espectador por entregas y luego volvieron un libro.

“Yo quiero escribir una entrevista así”, pensé. Por supuesto que nunca lo logré porque solo genios como Gabriel García Márquez pueden escribir una obra de ese calado. Pero llevo 4o años intentándolo.

Entré a trabajar en El País el 1 de junio de 1984, hace la pendejada de 37 años. Era estudiante en práctica aún. Luego, en marzo de 1986 me trasladaron a Cali. Y aquí me quedé. Tuve lindas experiencias en un par de grandes empresas que solo me sirvieron para reafirmar que lo mío es el periodismo.

Llevo, pues, casi 40 años dedicado al que Gabo llamo el oficio más lindo del mundo. Y he sido feliz cada día que me siento a editar un texto o a planear una edición.

Pero no sólo he sido feliz en mi trabajo. Tuve la inmensa fortuna de encontrar, hace también casi 40 años a una mujer excepcional, Susana. Ella no solo ha sido mi polo a tierra y la mejor compañera de camino sino que además me dio dos hijos maravillosos: Laura y Juan Diego. Y para completar el moño, ahora tengo la dicha de ser el abuelo de Emilia.

Prometo solemnemente no escribir nunca jamás otra cursilería personal. Pero no podía dejar pasar esta oportunidad para confesar que he vivido. Y que he vivido feliz.
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