El charco de deberes

El charco de deberes

Diciembre 27, 2018 - 11:55 p.m. Por: Diego Martínez Lloreda

“Un océano de derechos y un charco de deberes”. Eso era lo que, en opinión de Simón Bolívar, estableció la Constitución de Cúcuta de 1821, que le dio vida a la fugaz gran Colombia.

Por eso el Libertador intentó, siete años después, cambiar esa constitución por una más equilibrada. Pero esa intención se hundió por cuenta del saboteo de los santanderistas y la convención de Ocaña que debía generar una nueva Carta, fracasó. Consecuencia: dos años después se desintegró el sueño de Bolívar de crear una potencia en el norte de Suramérica.

Pero esto no pretende ser una lección de historia sino una reflexión sobre una de las mayores distorsiones que tiene la sociedad colombiana, desde el nacimiento mismo de la República.

De hecho, la Constitución del 91, que es una de las más extensas del mundo y fue calificada por los propios constituyentes como “garantista”, dedica el 90 % de sus artículos a los derechos de los colombianos y apenas un 10 % habla de sus deberes.

Resultado, en este país todo el mundo reclama sus derechos, cada vez con más vehemencia, pero muy pocos cumplen sus deberes.

Esta patología social ha sido alimentada por los políticos populistas que le insisten a su cauda en la necesidad de salir a la calle a reclamar sus derechos, inclusive a las malas, pero jamás le recalcan la importancia de cumplir con sus deberes.

A esos populistas todos los días se les escucha decir “hay que exigir una buen servicio de salud, hay que pedir más plata para la educación pública, marchemos para que nos den una vivienda digna, reclamemos un aumento del 10 % en el salario mínimo”.

Pero jamás se les escucha arengar “no evada el pago de los impuestos, no se pase el semáforo en rojo, acate la autoridad, sea un buen vecino, cumpla sus obligaciones con su familia, respete a su pareja, no contamine los ríos, no tire basura a la calle”.

Completamos, entonces, dos siglos recalcándole a la gente la necesidad de hacer respetar sus derechos, pero haciendo omisión sobre el cumplimiento de sus deberes. Lo que no ocurre en las sociedades maduras donde la gente exige pero cumple sus obligaciones.

Vivimos en una sociedad adolescente y maleducada en la que todo el mundo reclama pero poco aporta. Y así las sociedades no funcionan, como lo comprobamos a diario.

Si usted le dice a alguien: “No se deje joder, exija sus derechos”, ese alguien queda muy agradecido. Pero cuidado se le ocurre decirle a algún conductor en cualquier vía: “Oiga señor, no cruce por ahí” o “amigo va en contravía”. Lo mínimo es que le puede pasar es que le respondan: “Y a vos qué te importa sapo”.

Lo peor es que la situación tiende a empeorar porque enfrentamos una oleada de políticos populistas, como Gustavo Petro, expertos en alborotar a la gente para que reclame sus derechos pero que jamás de los jamases le pide a nadie que cumpla con sus deberes.

Urge, entonces, que surja una nueva generación de políticos serios que sin decirle a nadie que renuncie a sus derechos, le haga ver a la gente la importancia de cumplir sus deberes.

Si arrancamos ahora, a lo mejor dentro de 200 años logramos construir una sociedad que tenga un océano de derechos y, al menos, una laguna de deberes.

Pero si no lo hacemos, a la vuelta de dos siglos, simplemente no tenderemos sociedad. ¡Feliz año!

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