Despilfarro diplomático

Despilfarro diplomático

Marzo 07, 2019 - 11:55 p.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Cada vez que las finanzas del Estado se descuadran, lo primero que se le ocurre al gobierno de turno es hacer una reforma tributaria.
Aquí ningún gobierno se ha escapado de acometer, mínimo, una reforma de estas. El actual no fue la excepción y ya nos regaló su famosa ley de financiamiento, que no es otra cosa que una tributaria perfumada.

Lo que uno se pregunta es por qué los gobiernos en lugar de aumentar los ingresos, vía impuestos, no recortan los gastos. Sobre todo los suntuarios. Y si de gastos suntuarios se trata, el servicio exterior, nuestra burocracia diplomática, es a lo primero que tienen que meterle un tijeratazo profundo. Porque nos cuesta un ojo de la cara a los contribuyentes y poco le aporta al país.

Esta reflexión me surgió durante la reciente visita que hice, como parte de una delegación de periodistas colombianos, a Israel, gracias a una gentil invitación de la Comunidad Judía.

Uno de los encuentros programados en desarrollo de esa visita fue una recepción que nos ofreció el Embajador de Colombia. Los integrantes del grupo quedamos atónitos cuando llegamos a la casa del embajador. Ubicada en el barrio de Kfar Sharamayu, uno de los más exclusivos de Tel Aviv, es un verdadero palacio.

El lote debe tener unos 2000 metros cuadrados, de los cuales la mitad lo ocupa un paradisiaco jardín, con piscina incluida, que parece sacado de un cuento de las mil y una noches. El palacio tiene dos plantas, jardín interior, enorme cocina y está construida con los mejores materiales.
El más aterrado con semejante palacio era nuestro guía, un argentino-israelí. “La casa de la embajada argentina, es la tercera parte de esta”, me comentó. Y eso que ese país está lleno de argentinos, se calcula que la población gaucha en Israel llega a las cien mil personas, mientras la colombiana no alcanza las cinco mil almas.

Según los cálculos del guía, el alquiler de esa casa no vale menos de 20.000 dólares al mes. O sea unos 60 millones de devaluados pesos al mes, la no despreciable cifra de $720 millones al año. Y, claro, ese palacio es solo la residencia del embajador, porque las oficinas de la delegación diplomática están ubicadas en el octavo piso de un exclusivo edificio del centro de Tel Aviv. Que le debe costar otro tanto a las arcas del Estado.
La pregunta que a uno le surge cuando ve ese boato es si se justifica que el Estado invierta semejante millonada para mantener una embajada en un país tan lejano y en el cual solo viven 5000 compatriotas. La respuesta es un no rotundo.

Y claro, igual de ostentosas son las embajadas de Colombia en Madrid, París, Londres Washington, Buenos Aires, que he tenido la oportunidad de visitar. Y supongo que las que no conozco son por el estilo.

No entiendo qué pretendemos mostrarle al mundo con semejante derroche. Un país pobre como el nuestro no puede despilfarrar tanta plata en sostener unas embajadas que a la hora del té aportan poco. Y cuya máxima razón de ser, no nos digamos mentiras, es ser un premio para los amigos del gobernante de turno o para quienes le ayudaron a alcanzar el poder.

Es como si una familia a la que la plata no le alcanza para mercar, habita un palacio en Pance.

Es un irrespeto al pueblo colombiano ponerlo a pagar más impuestos en lugar de llevar a sus justas proporciones ese despilfarro diplomático.

Sigue en Twitter @dimartillo

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