Tuluá y la pena de muerte

Tuluá y la pena de muerte

Enero 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Ciudad noble, mancillada en varias épocas por villanos y asesinos de toda índole. Durante mi vida, he visto dos épocas tristes que merecen ser recordadas en un Museo de la Memoria.La primera vez, durante la época de la violencia conservadora entre 1948 y 1957: el Cóndor Lozano y sus pájaros de colores varios se dedicaron a perseguir y a eliminar liberales, financiados en parte por algunas conocidas fortunas del Valle del Cauca. Fue el comienzo del paramilitarismo en Colombia, que no lo fueron las Convivir de Álvaro Uribe, ni la acción de una buen parte del país de terratenientes, muchos de los cuales torpedearon los intentos de reforma agraria integral, lo cual nos llevó al reinado de las Farc, como algunos de sus líderes lo reconocieron en entrevista que tuvimos en el Caguán.En Tuluá, los pájaros y su jefe hicieron una lista que fijaron en las calles, en la cual enumeraron a 20 o 25 dirigentes liberales quienes, pese a ello, se negaron a abandonar sus hogares y todos, ¡todos!, fueron asesinados hasta en sus propios domicilios, ante la actitud impasible de la policía chulavita.La segunda ocasión es la de ahora, cuando un villano, asesino de mala muerte conocido como ‘Porrón’, está dedicado a amenazar a la gente de bien, pacífica y trabajadora, para llenar sus asquerosas arcas de ese dinero mal habido, que, tristemente, circula por tantos lugares de Colombia, ya sea porque es del jefe de la Oficina de Envigado quien busca él y sus sicarios lleguen por este medio a la clase media, o porque obtienen una satisfacción teniendo las manos ensangrentadas. Con el Porrón, por cierto, hay un enorme número de bandidos también insertados en las filas de las Farc, organización que tal vez algún día tuvo algún ideario comprensible. Lo que el país tiene, ya que siempre ha rechazado la pena de muerte con garantías jurídicas que tanta gente, yo incluido, hemos pedido, es otro tipo de pena de muerte que manejan los bandidos para presionar el pago de secuestros, u otras extorsiones de diversa índole, o para venganzas reprochables; y aquí están los peores del mundo pues en todos los demás países del continente se han obtenido resultados positivos en materia de pacificación.Yo me estremezco cuando veo que buena parte de los grupos paramilitares se han quedado por fuera de la “negociación” y ahora delinquen con más facilidad bajo el nombre de bacrim, cuyos valores están bien por debajo de cero y con quienes no se puede negociar porque hacen parte de organizaciones mafiosas que no aceptan jefatura alguna: Valle, Choco, Cauca y algunas de las antiguas intendencias y comisarias hacen parte de ese triste territorio que no sólo genera muerte y torturas y desmembramiento de los cadáveres, sino desplazamientos masivos que acaban de complicar la situación de un país que se da el gusto de gastar miles de millones en luces navideñas para que las miren los ojos tristes de los niños sin hogar o sin familia.El país, por supuesto, seguirá empeorando porque vivimos optimistas con las cifras del ingreso per cápita, que no es otra cosa que solución matemática de los problemas sociales y porque hay que pagar más impuestos, no para beneficio de esas gentes miserables y dignas de compasión, sino para financiar los viajes del candidato de sí mismo al Premio Nobel y el costo desbocado de la burocracia palaciega y estatal, en general.Si a lo anterior sumamos las tenebrosas pandillas de Cali que asesinan gente inocente por el sólo hecho de atravesar una calle que consideran límite de su territorio, llegamos a la conclusión de que no es a través de la grandes movilizaciones de la Fuerza Pública que se logra erradicar esas ratas de alcantarilla, sino que es indispensable crear grupos pequeños dedicados, cada uno, a dar de baja a los jefes de estas organizaciones criminales; de lo contario, el Valle seguirá soportando la maldición de tierra de violencia que le quedó desde los años cuarenta. Triste futuro para la gente honesta.

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