¿Feo?

¿Feo?

Septiembre 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Lleras de la Fuente

Me falta la segunda parte de la andanada que disparó el columnista Londoño (creo que ahora sí sé quién fue) y que, además de arrogante, me tildó de feo.Sobre lo primero escribí hace ocho días y ahora siento la obligación, en defensa del buen gusto de mi esposa y mis novias y amigas, de explicar al gladiador que, si bien me he ‘afeado’ en los últimos años, es ello una consecuencia de mis tardías intervenciones en política y en el periodismo colombiano.En efecto, durante muchos años, esto es, hasta 1990 me mantuve en el sector privado en consideración a que mi padre estuvo activo en ambos temas casi hasta su muerte en 1994, (hace 20 años).La honestidad en estos campos empobrece y ‘enfeése’ y soy prueba de ello: la profesión, la educación, la Flota Mercante Grancolombiana y mi oficina particular, no me dejaron sino buenos recuerdos. De hecho, nunca ayudó a superar las mil dificultades del comienzo de mi vida de adulto, de manera que todo lo que tengo, con excepción de lo que recibí como herencia tardía, ha sido obtenido con trabajo y sin palancas.Durante todo este tiempo fui considerado un joven y un adulto “bien plantado” (como se decía antes), elegante, inteligente y buen conversador; de hecho, conservo las tres ultimas características; la primera, se fue perdiendo paulatinamente con mi cambio de hábitos: me inicié en la vida pública en 1991 cuando, en coalición con Álvaro Gómez llegué a la Asamblea Constituyente junto con Juan Carlos Esguerra y Alberto Zalamea, los tres liberales de esa lista que puso 11 constituyentes y que fue la segunda después del M-19 y antes del Partido Liberal, que dividió sus huestes en tres grupos que casi nunca estuvieron de acuerdo.Cumplí bien y fielmente con mis obligaciones y, además, en forma exitosa como lo reconocieron los colegas, los medios y la opinión pública. Pero es posible que comenzara en ese entonces mi deterioro pues dediqué parte de mi vida a dictar innumerables conferencias sobre la nueva Constitución tanto en el país como en Ecuador, Panamá, Estados Unidos y Venezuela (allí participé en la redacción en algunos artículos de la nueva Constitución); además, con mi antiguo asistente, Marcel Tangarife, publicamos cuatro volúmenes sobre la nueva normatividad y, con Juan Manuel Charry, un libro -tal vez el primero en salir publicado- que explica el trabajo que se había hecho y cuáles son las bondades y errores de los delegatarios. Y a comienzos de 1994 vino la elección del candidato a la presidencia por el Partido Liberal y gracias a una favorable maniobra de Turbay, pude inscribirme y con un mes de campaña llegar de tercero entre diez.Al haber jurado antes de las elecciones apoyar al ganador en el proceso de precandidaturas, cumplí mi palabra y con Sonia Durán de Infante y Marco Tulio Gutiérrez movimos el liberalismo en Bogotá, con las uñas pues siempre se nos dijo en la campaña nacional que no había dinero.Samper, en reunión privada, me explicó por qué no podía llevarme como vicepresidente, lo cual no me importó y me salvó de un ulterior ‘enfrentamiento’, pero semanas después me ofreció la Embajada en Washington la cual, previa charla con mi padre, acepté. Algún día escribiré sobre ello, pero pienso que explica que se agravara el ‘enfeamiento’ que llegó al máximo con mi frustrada candidatura en 1997 y con la dirección de El Espectador de Santo Domingo en 1999, Señor Londoño, ¿ahora si ve la injusticia de su apreciación?Podría ocurrir milagrosamente que al haber abandonado las veleidades terrestres comience yo a mejorar, pues lo único que conservo en relación con la vida pública es la columna de El País. Amanecerá y veremos.

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