Roma

Roma

Enero 24, 2019 - 11:45 p.m. Por: Carlos Jiménez

El martes pasado una noticia confirmó la importancia de Roma, el más reciente largometraje del director, productor y guionista Alfonso Cuarón.

Ese día la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, de Hollywood, informó que había sido nominada para diez premios Óscar incluidos el de mejor director y mejor película.

Y digo importancia porque el reconocimiento de su calidad cinematográfica no es unánime sino que ha dado lugar a una intensa división de opiniones en el mundo del cine. Hay quienes la consideran una obra maestra y quienes -como es el caso de nuestro querido Luis Ospina- la consideran un rotundo fracaso.

Yo estoy entre los que la celebran no tanto o no solo por su calidad -que la tiene sin duda- sino por razones que sobrepasan el ámbito estrictamente cinematográfico. Empezando porque es resultado de la decisión de un director tan cosmopolita e integrado al universo de Hollywood, como es Cuarón, de regresar a su Ciudad de México natal para contar una historia que es de su infancia. De niño de clase media profesional que vivió con sus padres y hermanos en el barrio que le da nombre a la película. Y que fue criado, como solía y suele ocurrir en las familias de las clases altas de nuestros países, no tanto por los padres como por las sirvientas.

Libo -la que efectivamente crió a Cuarón- es interpretada por Yalitza Aparicio, una india mixteca que antes de ser ganada para el cine era maestra rural en Oaxaca, al sur de México. Hay quienes critican que ella se muestre tan sumisa y que hable tan poco en la película, pasando por alto que lo que ha pretendido deliberadamente Cuarón es precisamente mostrar hasta qué punto están forzadas a la pasividad y al silencio las sirvientas. Que para ellas la escena familiar está cargada de una violencia no por soterrada menos hiriente y que sin embargo no les impide darles a los niños que cuidan el afecto y respeto que a ellas mismas se les niega.

Esta toma de partido ética de Cuarón da lugar evidentemente a sus opciones estéticas. Porque Roma es una historia hecha a la manera del neorrealismo italiano de la postguerra, en la que el relato de una historia común y corriente se hace en riguroso blanco y negro y sin imprimirle un ritmo vertiginoso ni echar mano de los impactantes mecanismos de intensificación del drama o la tragedia a la que el cine de Hollywood nos tiene habituados. Y que Cuarón conoce muy bien, como lo demostró sobradamente en la inolvidable Gravity.

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