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Mayo 28, 2020 - 11:45 p. m. Por: Carlos Jiménez

Entre las historias de espionaje las que más me apasionan son las referidas al espionaje soviético en la Gran Bretaña, porque en los años 30/40 del siglo pasado las protagonizaron los llamados cinco de Cambridge. Cinco vástagos de la añeja Ruling class, la clase dominante británica, estudiantes del King y del Trinity college de la Universidad de Cambridge que, desengañados de su país por la incomprensible carnicería de la Gran Guerra y su vergonzosa complicidad con los fascistas en la guerra civil española, decidieron espiar para la Unión Soviética.

Su insospechable origen familiar les permitió ascender a las más altas instancias del gobierno y el servicio diplomático por lo que tuvieron acceso a secretos de Estado que filtraron a los soviéticos. Mi favorito es Anthony Blunt. Historiador de arte especializado en el arte del Renacimiento, su cargo de asesor de las colecciones reales le dio acceso al círculo íntimo de la familia real inglesa.

Esta pasión la tenía sin embargo adormecida hasta cuando mi actual dedicación maníaca a las plataformas digitales me hizo descubrir hace unos días en la de Movistar a Red Joan, traducida como La espía roja. Es un filme de 2018, dirigido por Trevor Nunn, basado en la novela del mismo título de Jenny Rooney, que es a su vez una versión libre de la historia real de Melita Norwood, una mujer del montón, carente del glamour de los cinco de Cambridge que espió para los soviéticos en esos mismos años sin ser jamás descubierta.

La descubrieron en 1999, cuando con 87 años estaba retirada, gracias a la información dada por Vasili Mitrojin, un agente de la KGB que se fugó a Occidente. En 1937 fue nombrada secretaria del superintendente de investigación de la Asociación Británica de Investigación de Metales no Ferrosos, una institución cuyo nombre anodino ocultaba su trabajo en el programa nuclear británico. Que fue el que espió Melita y por el que debió responder ante la policía británica que la interrogó y luego la dejó en libertad debido a lo avanzado de su edad.

En la rueda de prensa que ofreció de regreso a su casa declaró -según la película de Nunn- que había espiado porque pensaba que solo si los soviéticos se hacían con la bomba atómica se establecería un equilibrio de terror que impediría la repetición de una carnicería tan atroz como la de la Segunda Guerra Mundial. “Los cincuenta años pasados desde entonces me dan la razón”, concluyó.

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