Los hongos

Los hongos

Septiembre 12, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

La cuestión es el arte. La imposibilidad de su definición y la certeza de su existencia son el índice de su extraordinaria relevancia histórica y social. La misma que intentan amansar, reducir y codificar el cúmulo de las instituciones públicas y privadas que se dedican a exponerlo, promoverlo y conservarlo. Y a venderlo. El arte es demasiado importante como para dejarlo exclusivamente en manos del Ministerio de Cultura o de cualquier fundación igualmente presuntuosa e igualmente burocratizada. En el arte se juega nada menos que la representación que en términos imaginarios se hace de sí misma una sociedad, que por ser un organismo vivo y no una entelequia política o legal, siempre se las ingenia para hacer arte sin pedirle permiso a nadie. Ni a las autoridades competentes -como suele decirse- ni a los artistas que creen que arte es exclusivamente el suyo, ni a quienes lo quieren a imagen y semejanza a su deseo de comprarlo para aprestigiarse o simplemente como pura inversión.Tampoco le hacen mella la indiferencia de los apáticos ni la abierta hostilidad de los dogmáticos y los moralistas. El arte es y eso le basta y si alguien tiene dudas que no se pierda el estreno el próximo 25 de septiembre de Los hongos, la película con la que su director Óscar Ruiz Navia obtuvo el Premio Especial del Jurado en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Locarno, Suiza, uno de los más antiguos del mundo. El filme narra la historia de dos jóvenes caleños que son artistas, aunque cada uno a su manera. Res es de un barrio popular y trabaja en la construcción pero su pasión son los grafiti. Y Calvin, es un chico de clase media que estudia el Instituto Departamental de Bellas Artes. Pero un día a Res lo echan del trabajo y se va en busca de su amigo Calvin y juntos realizan a lo largo de ese mismo día una travesía sin rumbo fijo por la ciudad que es tanto una odisea como un viaje al fin de la noche. En el curso de la misma van dando lo que ellos mejor saben dar: un arte que no se deja encasillar en ningún dogma ni en ninguna teoría y menos encerrar entre las cuatro paredes de un museo o una galería. Arte de los que son artistas porque se los pide el cuerpo o una juventud ansiosa de librarse del yugo al que están uncidos sus mayores sin aparente remedio. O de la apuesta fatal de Arturo Cova, el personaje de La Vorágine, que jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia.

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