La guerra perdida

La guerra perdida

Abril 19, 2018 - 11:45 p.m. Por: Carlos Jiménez

La publicación, hace unas semanas, de un informe sobre las adicciones a las drogas en los Estados Unidos de América hizo sonar las alarmas y dio lugar a todo tipo de reacciones. Incluida la del presidente Trump, que prometió endurecer aún más el régimen de sanciones al que están sometidos tanto adictos como traficantes. Eso a pesar de que en la campaña electoral había dicho que las drogadicciones eran un síntoma “del sufrimiento de la América profunda”, un diagnóstico que invitaba a tratarlas como un problema de salud pública y no de orden público. Y menos ahora, cuando las estadísticas demuestran que, a pesar de casi medio siglo de guerra declarada contra las drogas, la adicción a las mismas en vez de disminuir crece en los Estados Unidos de América.
Guerra que -tal y como hemos denunciado tantas veces- fortalece al enemigo que combate.

Pero las alarmas no se deben a la constatación de que la adicción, con sus 65.000 víctimas contabilizadas el año pasado, causa más muertes que los accidentes automovilísticos y el uso de las armas de fuego -que ocupan en segundo y el tercer lugar en esta estadística luctuosa-. La causa principal de esta alarma tiene en realidad su fuente en dos hechos inquietantes.

El primero, que el nuevo consumidor no responde al estereotipo de negro desarraigado que habita en los barrios marginales sino que encaja en la de blanco de clase media que vive en los suburbios. Y digo ‘blanco’ porque si en el primer caso el adicto era sobre todo hombre, en el segundo la adicción se reparte por igual entre hombres y mujeres. En cualquier caso recae en el estereotipo que puebla la imagen arquetípica del ‘American way of life’, a la que la película ‘La la land’ dedica un vibrante canto de alabanza. Que la peste de la adicción manche esta imagen idílica es ciertamente motivo de preocupación sobre todo entre quienes se benefician perpetuándola.

El segundo motivo de alarma reside en el hecho de que buena parte de esas nuevas adicciones tienen su raíz en la comercialización a gran escala del OxyContin, un opiáceo diseñado para mitigar el dolor en casos extremos, que una hábil campaña publicitaria de la Purdue Pharma convirtió en el remedio universal para cualquier clase de dolor, por leve que fuera. Cuando las autoridades intervinieron poniendo coto a estos abusos, los adictos buscaron en el mercado negro los opiáceos capaces de proporcionar un estado de bienestar semejante.

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