Islandia

Islandia

Junio 10, 2011 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

A la remota Islandia me ata el recuerdo imborrable del estado de gracia infantil que me dispensó la lectura de ‘Viaje al centro de la Tierra’, la novela de Julio Verne que sitúa en uno de los volcanes extinguidos de esa isla legendaria el acceso al centro de nuestro planeta. Y mi pasión por las sagas épicas de Snorri Sturlusson, inducida por las lecturas de un Borges que buscó y encontró en ellas un caso ejemplar de esa celebración de la hombría y del coraje que él ya había descubierto en el Martín Fierro y en las letras de los mejores tangos. También me ata la imagen del improbable encuentro del poeta Alvarado con el propio Borges en el aeropuerto de Reijavik, cuyo resultado más duradero fue ese prólogo apócrifo del autor de Ficciones a Pensamientos de un hombre llegado el invierno, el primer título y la primera entrega del libro de poemas que el mejor poeta de Buga lleva cuatro décadas escribiendo. Y la imagen potente de mi hija Juana fotografiando un spot publicitario entre sus géiseres, glaciares y volcanes.Y por si no bastaran estos recuerdos para mantener vivo mi vínculo sentimental con esa isla remota han venido en su ayuda las maravillosas noticias de cuán en serio se ha tomado en el último año los islandeses la definición de la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Ellos también son víctimas de la crisis económica mundial desencadenada por los bancos y mega empresas financieras que hicieron a Wall Street el más grande casino del que haya noticia. Sólo que ellas jugaban con dinero ajeno. Por eso cuando el tinglado se desplomó porque ya no había más a quién engañar y los audaces especuladores debieron pagar las incontables millonadas que habían prometido pagar, se acordaron de repente que existía el Estado y a él acudieron para que con el dinero de los contribuyentes evitara la quiebra de sus fraudulentas empresas pagando lo que ellas no podían pagar. Todos los gobiernos de Occidente aceptaron el ‘trato’ menos los islandeses que, en vez de salvar a los bancos, dejaron que se quebraran, metieron en la cárcel a los especuladores, tumbaron al gobierno que los había amparado, se negaron por medio de un referéndum a pagar la factura de la bancarrota de ‘sus’ bancos a los bancos ingleses y holandeses. Y finalmente han llamado a juicio al ex primer ministro que no hizo nada para evitar la burbuja financiera que arruinó al país. Esto es coraje y no meras bravuconadas.

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