Germán Patiño

Germán Patiño

Enero 30, 2015 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

Yo lamento mucho la muerte de Germán Patiño y no solo porque fuera mi amigo ni porque haya muerto cuando no le tocaba ya que tenía por delante muchos años para continuar su vida y su fecundo trabajo. También lo lamento -¡y cómo!- porque su marcha sin retorno priva a Cali de alguien que entendió como muy pocos que nuestra ciudad no puede seguir enfrascada en sí misma o, en el mejor de los casos, en los problemas exclusivos del valle geográfico en el que está emplazada. Que Cali es lo que es, debido a una relación decisiva con el litoral Pacífico que es y ha sido crucial a lo largo de toda su historia, a pesar de que se niegue a considerarlo así el grueso de nuestra clase dirigente y de los forjadores de nuestra opinión pública. Patiño, por el contrario, tomó conciencia tempranamente no solo de ese ineludible hecho histórico sino de la realidad cotidiana de que cerca de la mitad de la actual población caleña proviene del litoral Pacífico, tanto del que político y administrativamente pertenece a nuestro Departamento, como del que pertenece al Cauca y al Chocó. Pero como él era uno de esos intelectuales capaces de llevar sus ideas a la práctica, no fue para nada extraño que un día tuviera la gran idea de organizar y realizar el festival musical Petronio Álvarez, con el objetivo de recuperar y promover el riquísimo y poco conocido legado musical del Andén Pacífico, trayendo a sus músicos y cultores a Cali. El éxito del festival fue inmediato, respaldado no solo por la calidad y la sorprendente originalidad de la música traída desde los lugares más recónditos del “litoral recóndito” -que diría Sofonías Yacup- sino por el respaldo multitudinario que obtuvo de los hijos de ese litoral afincados en nuestra ciudad. Y a los que la Cali oficial sigue dando la espalda o mirando condescendientemente por encima del hombro. El festival ya tiene su historia y hay quien, como Umberto Valverde, lo cuestiona porque su perfil original se ha deteriorado gravemente debido a la intervención de quienes lo han convertido en una rumba monumental. Y en una ocasión favorable para los comerciantes antes que para los músicos del Pacífico. Pero aún si estas críticas tienen asidero, no son suficientes para declarar la defunción de un evento que, como cualquier otro, puede ser criticado y corregido si hace falta pero jamás suprimido. Porque es indispensable, como bien lo entendió Germán Patiño.

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