El libro de las artistas

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El libro de las artistas

Septiembre 19, 2019 - 11:45 p.m. Por: Carlos Jiménez

La semana pasada presenté en la librería La Central del Museo Reina Sofía de Madrid El libro de las mujeres, mi obra más reciente. Publicado por la colección Infra leve del Cendeac, es una antología de los textos críticos que he dedicado a las artistas mujeres en los últimos quince años. Y que fueron escritos no tanto o no solo por responder a mi compromiso con el feminismo como por responder a un genuino interés en las obras de las artistas que he descubierto en las exposiciones que he visitado durante dichos años en Europa, en América e inclusive en África.

De allí que entre las 44 artistas de las que hablo se incluyan, aparte de una artista iraní y otra marroquí, alemanas, españolas, francesas, portuguesas y alguna rusa junto con argentinas, brasileñas, chilenas, cubanas, guatemaltecas, peruanas, venezolanas y obviamente colombianas. Todas ellas creadoras contemporáneas con obras y proyectos que responden a intereses, compromisos, opciones estéticas y recursos técnicos muy distintos entre sí, que le otorgan al libro tan extraordinaria diversidad y riqueza temática que lo asemejan a un caleidoscopio.

El apartado dedicado a las artistas colombianas incluye a Mónika Bravo, Clemencia Echeverri, Beatriz González, Ana María Millán, Ana María Rueda y a Doris Salcedo, de la que más he escrito. De hecho la primera vez que me ocupé de su obra fue cuando fue incluida en Post América, una muestra colectiva curada por Berta Sichel que formaba parte de una edición de los años 80 de la bienal de Venecia.

Aquella vez presentó una pieza cuya austeridad formal no le impedía evocar la desmesura del horror y la violencia. Fue el motivo que me impulsó a escribir sobre ella un largo ensayo publicado por la revista española Lápiz, unos cuantos meses después. Desde entonces he seguido fielmente su obra de Turín a Estambul, de Kassel a Londres y de Madrid a Bogotá. Es una artista extraordinaria -aunque nuestras relaciones personales son gélidas por decir algo-, que lo es no solo por su compromiso con las víctimas de nuestras guerras interminables sino porque ha sido capaz de renovar el arte funerario en una época en la que el hedonismo hegemónico en Occidente ha dado en reprimir o soslayar al luto y en reducir al mínimo las tumbas.

Lamento eso sí que por limitaciones de espacio no haya podido incluir en esta antología lo que he escrito sobre María Evelia Marmolejo y Margarita Ariza.

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