El coronavirus

Escuchar este artículo

El coronavirus

Marzo 19, 2020 - 11:45 p. m. Por: Carlos Jiménez

El virus ya está aquí y se propagará inevitablemente, como se ha propagado la intensa campaña mediática y política que viene librándose en torno a él en los últimos meses. Sólo que esta última no se librará en los términos retóricos en los que se venía librando hasta hoy entre nosotros sino en términos de vida o muerte.

Desgraciadamente, con muchas posibilidades de que la muerte gane el partido por goleada debido al precario estado de nuestro sistema de salud pública. La decisión de Claudia López de demoler un hospital público en Bogotá, precisamente cuando arreciaban las noticias internacionales sobre el progreso de la pandemia, no pudo ser más inoportuna y más elocuente. Denunció la vigencia del dogma que, desde la funesta presidencia de César Gaviria, comparte la clase dirigente de este empobrecido país: “La privatización de la salud pública”. Y una parte no desdeñable de su opinión pública, desgraciadamente.

Un dogma que analizado con rigor se revela como un sinsentido, porque la salud pública es una cosa y la privada otra bien distinta. La una no se puede valorar y juzgar con los criterios de la otra, del mismo modo que la sociedad no se puede comprender y asumir como la simple sumatoria de los individuos que la componen, como pretendía Margaret Thatcher, esa fanática.

La pandemia que se nos echa encima lo demostrará palmariamente. Nos sorprende con un sistema de salud en el peor estado posible, con unos déficits financieros tan impresionantes como los de dotaciones y recursos humanos y materiales. Tal y como lo denuncia la carta que Misael Alberto Cadavid Jaramillo, el gerente del Hospital La María de Medellín, envió al presidente Duque rogándole que intervenga con urgencia.

Cadavid esboza someramente la enormidad del problema sanitario al que tendremos que hacer frente cuando el 15 % de los infectados necesiten hospitalización y el 5% cuidados intensivos. Ambas categorías sumarán en un par de meses cantidades astronómicas que colapsarán un sistema de salud pública que hoy carece hasta de tapabocas para el personal hospitalario. Y de las instalaciones y el equipo médico necesario para evitar que nuestros médicos tengan que enfrentarse a la trágica decisión de elegir entre quien vive y quien muere en una sala atestada de pacientes en estado crítico.

Yo me temo lo peor y lo único que espero es que aprendamos de la durísima lección que estamos a punto de recibir.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS