Cantar en el Pacífico

Cantar en el Pacífico

Octubre 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos Jiménez

El arte insiste en el Andén Pacífico. Después del estremecedor documental que es ‘La travesía’, el turno de ocuparse de nuestro Litoral Pacífico es del largometraje ‘Manos sucias’, presentado en el Festival de Cine de Cartagena. El documental mostraba las hazañas de un leñador y su familia empeñados en cortar un gran árbol en plena selva y transportarlo hasta Buenaventura, donde pretenden venderlo. La película, en cambio, se sumerge en el turbulento y despiadado mundo del narcotráfico, manchado hasta los tuétanos por la sangre y corrupción. Y ambos ofrecen una mirada adolorida sobre dos de los procesos que más están contribuyendo a la destrucción acelerada del medio ambiente de una región cuya conservación, para nosotros, para Colombia y el mundo, resulta crucial. La deforestación liquida físicamente la selva, el narcotráfico degrada hasta extremos infernales a gente que cede a la tentación de sobrevivir aprovechándose malamente de ella. Estos testimonios de la degradación del Andén Pacífico contrastan con una noticia positiva donde las haya y que refiere el éxito obtenido por la soprano Betty Garcés por su interpretación de la esclava Liu en ‘Turandot’, la ópera de Giacomo Puccini puesta en escena en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, esta semana y la semana pasada. Ella es de Buenaventura, estudió en el Conservatorio de Cali y actualmente concluye sus estudios profesionales en Hannover, donde forma parte del Junges Ensemble de la Gelsenkirchen. Su historia nos ofrece buena prueba de que la indiferencia y el maltrato que les hemos dado y les seguimos dando a las gentes del Pacífico, no han conseguido aniquilar definitivamente ni su talento e imaginación ni sus deseos y esperanzas. Y menos aún su dignidad. El papel interpretado por Betty Garcés en la ópera de Puccini compone una bella alegoría del espíritu con que ella y tantos como ella se resisten en el Pacífico a la derrota y la degradación. La esclava Liu, amenazada con la tortura y la muerte, se niega a revelar el nombre del príncipe pretendiente de la gélida e inabordable princesa Turandot no solo por el amor que en silencio le profesa al príncipe, sino porque con su voluntad de resistir la imposición de un poder que se cree omnímodo demuestra hasta qué punto la esclavitud no la han privado de su dignidad. Ni despojado de su derecho a querer a quien quiere y no a quien le dicen que debe querer.

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