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Armero

Septiembre 03, 2020 - 11:50 p. m. Por: Carlos Jiménez

A veces olvido que entre los primeros deberes de la literatura están los de emocionar y conmover, como lo hace y de qué manera ‘Los sordos ya no hablan’ de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Novela publicada por primera vez hace 30 años y reimpresa hace muy poco por Ediciones Uniaula para la Biblioteca Gardeazábal.

Confieso que entonces no la leí y sin embargo no lo lamento, porque sí, como dejó dicho Borges, a los libros hay que leerlos solo cuando la ocasión es propicia, no me cabe duda de que nos encontramos en una muy propicia para leer o releer esta estremecedora novela de Gardeazábal. Porque el país se enfrenta de nuevo a una tragedia mayúscula, esa maldita pandemia que está desquiciando nuestras vidas y desfondando nuestra economía, a la que nuestras autoridades y nuestro gobierno están respondiendo con la misma mezcla letal de sordera, incompetencia y desprecio por la vida humana con las que entonces gestionaron la violentísima erupción del volcán que sepultó a Armero bajo el lodo, junto con prácticamente todos sus habitantes.

Como sometido a un destino inapelable o atrapado en el eterno retorno de lo mismo, el país repite hoy las actitudes y conductas que permitieron que una tragedia anunciada se consumara inexorablemente. Sin que nadie hiciera nada realmente para evitarlo, a pesar de las advertencias hechas oportunamente por el propio novelista que, como él mismo cuenta, dedicó muchas de sus ‘Notas profanas’ -sus columnas periodísticas de la época- a advertir de la posibilidad cierta de que se repitiera una erupción del volcán del Ruiz tan devastadora como la ocurrida cuatro siglos antes, registrada por el cronista Fray Pedro Simón.
Aunque no solo lo hizo él. Igual hicieron estudiosos y especialistas que reclamaron a tiempo la intervención urgente de las autoridades que desgraciadamente nunca se produjo.

Pero no solo ellas abonaron la tragedia. También lo hizo mucha gente de Armero que, al tanto de las advertencias, prestó oídos sordos a las mismas, incapaces de sobreponerse a sus miedos y sus cobardías o dominados por el fundado temor a que el gobierno no fuera capaz de garantizarles la supervivencia si se decidían a abandonar sus propiedades y sus casas.

La reconstrucción minuciosa de los antecedentes, el curso y el desenlace de esta catástrofe bíblica es narrada por Gardeazábal con el ritmo de una novela de suspenso y en una prosa iluminada a ráfagas por la mejor poesía.

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