La ternura

La ternura

Diciembre 22, 2018 - 11:00 p.m. Por: Carlos E. Climent

Luz Amparo tiene 36 años, es una ocupadísima ejecutiva de ventas de una empresa multinacional que valora su dedicación. Simultáneamente es la madre de un niño de 10 años quien desde hace tiempo viene presentando múltiples quejas psicosomáticas que no se han podido aclarar, pero que demandan muchísima atención de parte de los padres.

Tal situación se ha ido constituyendo en un conflicto insoluble y un dolor de cabeza inmanejable, no tanto por sus síntomas físicos sino por sus conductas problemáticas que han ido aumentando. Las críticas y los reclamos del niño, especialmente dirigidos a la madre, son cada vez más airados, tiene conductas pasivo-agresivas muy preocupantes y se ha vuelto muy mentiroso, manipulador, y en ocasiones, violento.

El padre, quien dispone de más tiempo, ha intentado, sin éxito, poner límites pero como lo hace con rabia y con gritos amenazantes, lo único que logra es irritar más al niño.

Como consecuencia de esos comportamientos han tenido que ir innumerables veces al colegio por quejas disciplinarias y han acudido a distintos psicólogos. Pero el problema es cada vez mayor. Los distintos profesionales han diagnosticado un trastorno de conducta e incluso han insinuado rasgos antisociales.

Confundidos por estas circunstancias llegan a consulta.

La historia muestra a un niño a quien se le ha dado gusto en todo como mecanismo para mantener la paz en el hogar. Grave error.

La madre acepta que las labores de la casa no le gustan y que ella “tiene” que cumplir unos horarios extenuantes para poder mantener el nivel de vida que “su familia requiere”. En consecuencia ha delegado los cuidados del niño a las sucesivas niñeras que lo han cuidado desde que nació, pero como el niño las irrespeta, no duran mucho tiempo.

Se le explica que el trabajo clínico ha demostrado hasta la saciedad que una madre fría, sistemáticamente distante, que no siente la necesidad de consentir a su hijo pequeño va creando una inseguridad que no permite la construcción de la confianza básica. Y con frecuencia el niño se expresa a través de conductas desafiantes.

La madre no era consciente de la magnitud del abandono afectivo que ella había generado y cuando le planteo que el problema no era el niño sino ella, por su ausencia afectiva que había generado unas profundas necesidades, se siente ofendida (“Yo lo único que hago es trabajar para él”) pero finalmente lo acepta. Y sin abandonar su trabajo, encuentra más tiempo para el niño con lo cual rápidamente la agresividad del menor disminuye.

Este caso confirma que en las primeras etapas de la vida infantil, los detalles cariñosos de la madre, es decir la ternura, acompañada de unos límites consistentes, resultan trascendentales para el equilibrio emocional del niño.

Al final los padres reconocen que los problemas del niño son el producto de una situación disfuncional de la pareja, que ambos han sido parte fundamental del problema por la crianza inconsistente, y agradecen que no se lo considere como un antisocial en potencia.

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