La desesperanza

La desesperanza

Septiembre 14, 2014 - 12:00 a.m. Por: Carlos E. Climent

El último amor del señor Morgan es una interesante película que pretende hacernos creer que se trata de un romance cuando en realidad, como lo sugiere el título original del libro “La dulzura asesina” (Francoise Dorner, 2008), tiene bastante más de perturbador realismo. Esta película, que duró poco en cartelera por carecer de violencia y sexo, es interpretada por Michael Caine quien con 80 años debe aplicar la eutanasia a su esposa víctima de un cáncer terminal por expresa solicitud de ella. Los dos hijos poco significaban para este hombre quien había insistido desde el comienzo, que no le interesaba tener familia. Lo hizo por darle gusto a ella. Por supuesto los vínculos que existían entre ese padre y sus hijos eran, si acaso, formales.El film se recomienda para quien quiera echarle una mirada al vacío después de haber perdido un gran amor. Revisa algunas de las emociones y las posibles soluciones asociadas al drama íntimo de la soledad en la vejez.Después de muerta su esposa, y de manera providencial, aparece una atractiva mujer solitaria, ingenua, amorosa y sensible, 50 años menor, que se encariña con el anciano. Él se interesa y deja que las cosas fluyan, sabiendo que se trata apenas de una “grieta” que se abre en su monolítico desahucio. La novela es inquietante por muchas razones pero en especial porque plantea varios hechos:El destino que es invariablemente desalmado, se encarga de darle los golpes más bajos a la gente cuando, por la edad o las circunstancias, ya no tiene la fuerza necesaria para protegerse.La tragedia de perder a la pareja amada con quien se ha establecido una intensa y mutua relación de dependencia. Tal pérdida es una circunstancia inevitable para todo el mundo. Excepto, claro, para aquellos elegidos que mueren juntos en un accidente.La viudez en esa edad, especialmente cruel para las almas más sensibles, se ensaña más con los varones generalmente mal equipados para manejar la soledad. Pero también con todos los que no se prepararon con antelación. El señor Morgan no estaba listo. No tenía una familia que le sirviera de apoyo, no era sociable, ni creyente, ni cultivó oficio, ocupación o hobby alguno para distraerse después de su retiro. Simplemente se dedicó a amar a su esposa, vivió para ella y nunca llegó a considerar la posibilidad de perderla. No hay necesidad de estar deprimido o en la mitad de un duelo para sentirse muy mal. El dolor del alma lo ocasiona la desesperanza del vacío insondable. La eutanasia se presenta como una solución humana, pero sigue siendo en la mayoría de las culturas una alternativa ilegal, imperfecta y criticable. Y del suicidio, ni hablar.El señor Morgan, rodeado de más opositores que aliados, se dedica con aparente entusiasmo a su último amor que tiene más de virtual que de real. Pero sabiendo que al final nada se materializará. El film subraya la insignificancia de las posibles soluciones frente a la inmensidad de la desesperanza. Tema sobre el cual valdría la pena reflexionar para ahorrarse innecesarios sufrimientos.

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