El aguante inútil

Septiembre 19, 2020 - 11:00 p. m. 2020-09-19 Por: Carlos E. Climent

Juliana tiene 46 años, trabaja en propiedad raíz, vive muy ocupada y ha cargado con un matrimonio poco satisfactorio desde que se casó hace 25. Sus tres hijos ya se fueron de la casa y su marido es una “buena persona”, pero la aburre mortalmente.

El “nido vacío” la ha llevado a cuestionarse si realmente quiere seguir adelante con su relación de pareja, cuando en realidad hace mucho tiempo (en secreto) llegó a una conclusión sobre la cual no tiene ninguna duda y es que ella era la responsable de la situación que estaba viviendo ya que desde el comienzo las actitudes del marido dejaban en claro que él no podía cambiar. Ella supo desde muy temprano que no había comunicación, pues a él no le salía dar un abrazo, y la intimidad se había ido deteriorando a partir del nacimiento del último hijo, hace casi 20 años.

Como pasa con tantas parejas, no eran cónyuges desde muchos años atrás. Eran socios de una empresa familiar que se construyó para criar unos hijos y sacarlos adelante. Objetivo cumplido, pues los hijos en la actualidad son independientes y van muy bien. La familia ha logrado una estabilidad y todo está en su sitio, menos ella.

A lo largo de los últimos años ha hecho muchos esfuerzos para cambiar sus sentimientos con relación a su pareja y para cambiar las conductas de su esposo, pero no ha logrado ningún avance. Está dedicada a intentar fórmulas de solución que se repiten sin resultado alguno.

El marido es un hombre decente, cumplidor de sus obligaciones, pero incapaz de mirarse a sí mismo. Es de los que piensa que la indiferencia es fortaleza y la emocionalidad una debilidad “propia de mujeres”. De terapia de pareja pasó a terapia de familia y luego por varios intentos fallidos de terapia individual. Todos ellos, esfuerzos vanos, porque él no cree ni en psiquiatras ni en psicólogos.

Ella se quedó sin la ocupación primordial de criar hijos y ahora, en la plenitud de su vida, no tiene con quien compartir sus planes, sus sueños o sus ganas de vivir. Y por primera vez aceptó no echarse más mentiras, así a otros les pareciera que el desafecto no era sino un pequeño problema sin importancia. Para ella se constituía en una falla enorme que no estaba dispuesta a seguir tolerando. Si no la había aceptado antes era porque andaba ocupada en otras cosas.

Todo cambió cuando un día se propuso que prefería quedarse sola que seguir desperdiciando su vida aceptando una situación tan poco satisfactoria.

Pero la liberación significaba un duro camino, pues tenía que superar varios obstáculos. Por un lado, los miedos varios entre los que sobresalía el temor al futuro, pues se había acostumbrado a la protección que le ofrecía la seguridad de lo conocido. Por el otro, los sentimientos de culpa y pesar al dejar a un hombre bueno a quien quería, pero no amaba. Pero sobre todo las dudas paralizantes relativas a si estaba siendo justa o si estaba tomando la decisión correcta. Algo que solo pudo decidir cuando finalmente vio que lo que le esperaba, para el resto de su vida, era seguir en las mismas.

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