¿A qué viene tanta alharaca?

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¿A qué viene tanta alharaca?

Julio 01, 2018 - 05:00 a. m. Por:
Carlos E. Climent.

La exagerada reacción ante los videos de los compatriotas que en Rusia dejaron muy mal parada la imagen de Colombia, ha sido motivo de una severa condena a dos personajes, que en últimas no son sino simples caricaturas de la idiosincrasia colombiana.

¿De qué se sorprende la gente? Si estos son precisamente los contenidos de los programas más populares de Colombia todos los días de la semana incluyendo los sábados felices. Aquí se celebran en la intimidad del hogar, los círculos de amigos y los eventos sociales, con cuenta chistes profesionales o amateur a bordo, la viveza, la xenofobia, los piropos subidos de tono, el irrespeto a las mujeres, la vulgaridad rampante, los chistes racistas, clasistas, machistas, pedofílicos, homofóbicos o los que ridiculizan a los cojos, a los que sufren de labio leporino, a los mudos, a los deficientes mentales o a los tartamudos. En todos ellos el objetivo fundamental es burlarse del prójimo.

Valga la oportunidad para poner en perspectiva esta histeria y recordar que el personaje que se pretende satanizar es el mismo al que se aplaude en la vida cotidiana nacional, el avivato. Si bien este sujeto representa, probablemente, una minoría estadística, (pues la mayoría de los colombianos no disfruta con estas conductas) es parte de la fauna social del país, hace mucho daño y circula libremente por todos los caminos, sin que nada le pase.

Más bien habría que agradecer a este par de personajes el haber desnudado las características más abominables de un sector de la población colombiana que ellos representan muy bien. Me refiero a los desconsiderados que irrespetan los sentimientos y los derechos de los demás y tienen conductas ventajistas que siempre perjudican a alguien y que van de la mano de la violación de la norma en los, mal llamados, asuntos menores.

La viralización internacionalizó el tema, supuestamente “dañó” la imagen del colombiano y obligó hasta a la Cancillería a señalar que tales acciones “no solo degradan a la mujer, insultan a otras culturas, a nuestro idioma y a nuestro país”. Debe haber otras explicaciones para entender la polvareda levantada por este par de eventos, pero lo que debería ser motivo de reflexión es identificar el aspecto de fondo. Estos eventos, inocuos en apariencia, guardan mucha relación con esa tolerancia indiscriminada a lo torcido que, como ya se ha repetido muchas veces en esta columna, es el germen de la corrupción que ahoga al país.

Un síntoma tanto o más grave de este deterioro es el ejemplo reciente de unos padres de familia que ponen tutelas (y se las ganan) cuando el colegio pretende sancionar a sus hijos por haberse robado unos exámenes. En ese caso el problema no era que estuvieran haciendo trampa, sino el que los hubieran descubierto.

La doble moral en el caso de los videos de marras está representada en la rasgada de vestiduras cuando estas conductas comprometen la imagen del país, se denuncian de manera inobjetable o el transgresor se deja agarrar. Pero se callan, se gozan en privado y se aplauden en todas las demás circunstancias.

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