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Octubre 06, 2019 - 06:35 a.m. Por: Carlos Duque

¿Seré yo el único terrícola al que le parece exótico una cámara de seguridad instalada en la ventana del consultorio odontológico, escenario central del gran escape de Merlano?

Más que un video de seguridad parece una selfie del delito. Puro narcisismo.

Emprender una fuga espectacular también vale como emprendimiento.

Lo de Aída Merlano no fue una fuga, fue un servicio de impunidad a domicilio.

Todo ese reality de la fuga sigue siendo muy raro. Ya se oyen versiones que aseguran que se trató de un cambiazo y que la mujer que vemos en los videos escapar en una moto es una doble, mientras que la verdadera Aída tomaba un vuelo privado con destino desconocido.

Eso de “ver para creer” es cosa del pasado. Ya ni los videos son confiables.

La casa por cárcel es la legalización de la fuga.

Todo gobierno llega con la responsabilidad de resolver los problemas que hereda del anterior y no para echarle la culpa de su propia incapacidad para solucionarlos.

Que de cada 100 delitos, en Colombia solo se castigan seis. Es la terrible radiografía del cáncer que nos está matando: la complicidad entre la Justicia y la corrupción.

No es que la impunidad en Colombia haya llegado al 94%. Según el lenguaje eufemístico que tanto nos gusta utilizar, hemos logrado reducir la justicia al 6%.

Deberían prohibir los encapuchados en las marchas y en redes.

“La verdad es un espejo roto y los periodistas tenemos que recoger sus fragmentos para que los colombianos podamos vernos en él”. –Jesús Abad Colorado, fotógrafo, merecedor del premio Gabo 2019.

Sigue en Twitter @_carlosduque

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