La Báscula

La Báscula

Enero 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Benjamin Barney Caldas

Hay gratas novedades culinarias en San Antonio que mucho le hubieran gustado a Germán Patiño. Como un nuevo colmado, es decir una tienda de comestibles (Cr. 5 Nº 3-26) y qué bueno que se le añadiera un figón, es decir una donde se sirven comidas especiales. Cumpliendo con las normas, sus dueños viven allí mismo y disfrutan del barrio al contrario de muchos visitantes que quieren dejar su carro justo al lado de la mesa del restaurante al que van en lugar de caminar desde un estacionamiento, o de esas oficinas que están reemplazando sin imaginación a la vivienda, en vez de complementarla, pues matan la vida en sus calles al caer la noche.Tal y como dice Antonio Caballero (Comer o no comer / y otras notas de cocina, 2014) “Los placeres de los cinco sentidos se suman y se complementan con los de la inteligencia: los de la curiosidad, los del descubrimiento” (p.16). Y en La Báscula sí que hay mucho que curiosear y descubrir: especias, hierbas, aliños, aderezos y condimentos, que en el fondo de la olla vienen a ser casi lo mismo pues todos se usan para preservar o dar sabor a los alimentos, condimentarlos o sazonarlos, diferenciándolos, ya que como se sabe en la diferencia está el placer, y los que no hay uno se los imagina aun con mayor placer.Ojalá pronto vendan también aceites exquisitos, esos líquidos grasos de color verde amarillento que se obtienen prensando aceitunas, y vinos, esos paraísos alcohólicos que se hacen exprimiendo el zumo de las uvas, base de la llamada dieta mediterránea especialmente de España, Portugal, sur de Francia, Italia, Grecia y Malta, la que en 2010 fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad; y, porque no, también cigarros. Siguiendo a Caballero: “Placeres espirituales del cuerpo, placeres corporales del espíritu: placeres terrenales” (p.13), porque la comida, como él sostiene, no es apenas para alimentar, si no y sobre todo para dar placer. Igual que el sexo, claro.O que la arquitectura, que si no lo genera no es tal, y de ahí que parte del agrado de La Báscula (pese a que la casa estaba pintada de colores y habría que encalarla) sea la tradicional del barrio más de verdad de Cali, pues la arquitectura, como dice Juhani Pallasmaa (Los ojos de la piel, 2005) se disfruta, igual que la comida y el cocinar, con todos los sentidos, dado que se experimentan diferentes sensaciones visuales, auditivas, táctiles, olfativas y hasta gustativas. Y no es casual que haya tanto arquitecto cocinero: son placeres similares. O al menos suelen ser buenos comedores y por tanto bebedores ídem, como sostiene Caballero, y Ludwig Mies van der Rohe no soltaba el puro.Placer, dice el diccionario, es esa sensación o sentimiento positivo, agradable o eufórico, que en su forma natural se manifiesta cuando un individuo consciente satisface plenamente alguna necesidad: bebida, en el caso de la sed; comida, en el caso del hambre; descanso (sueño), para la fatiga; sexo para la libido; diversión (entretenimiento), para el aburrimiento; y conocimientos (científicos o no científicos) o cultura (diferentes tipos de arte, incluyendo la arquitectura) para la curiosidad y la necesidad de desarrollar las capacidades propias. Como las de cualquier arquitecto o cocinero de verdad; y, para saberlo, hay que preguntar de cocina a uno y de arquitectura al otro.

VER COMENTARIOS
Columnistas