Expertos

Expertos

Junio 05, 2019 - 11:35 p.m. Por: Benjamin Barney Caldas

“¿Quién es el verdadero experto? ¿Quién decide quién es y quién no es un experto? ¿Dónde está el metaexperto?”, pregunta Nassim Nicholas Taleb (Jugarse la piel, 2018. p. 202) y no sobra repetir que dicen que para Frank Lloyd Wright se trataba de especialistas que han dejado de pensar y solo saben, y supuestamente identificados por personas que no saben y solo piensan, se puede agregar. “Quienes hablan deberían actuar y quienes solo quieren actuar deberían hablar” (p. 51), podría ser la respuesta más adecuada: demostrar lo que se dice con lo que se hace y hacer lo que se dice; el “menos es más” de Mies van der Rohe, o “la permanente recreación de lo que otros ya han creado” de Rogelio Salmona.

Pero, como también lo ha señalado Taleb, “ahora los arquitectos [diseñan] para impresionar a otros arquitectos, y al final acabamos con estructuras extrañas -e irreversibles- que no satisfacen el bienestar de sus residentes; lleva tiempo acomodarse a ellas” (p. 52). El caso es que, como él remata, “las cosas diseñadas por personas que no se juegan la piel tienden a ser más complicadas (antes de su colapso final) (p. 52). Y la explicación puede ser que “no entienden la sencillez” (p. 53) y no solo que ya no opera el código de Hammurabi que mandaba que si una casa se derrumba, y mata a su propietario, su constructor sea condenado a muerte, pues “lo ético siempre es más sólido que lo legal” (p. 86).

“El cambio por el cambio [en] arquitectura, la alimentación y los estilos de vida, es frecuentemente lo contrario del progreso” acierta de nuevo Taleb (p. 208 N). Es el problema de los que “han sido educados a medias” (p. 324) como tantos profesionales actualmente en Colombia, muchos de cuyos profesores suelen hablar pero no actuar, cómodamente instalados en sus torres de marfil, en donde muchos enseñan un oficio como lo es la arquitectura sin practicarlo ni estudiarlo, por lo que paradójicamente han sido tan valiosas las excepciones que siempre hay. Arquitectos que proyectan, escriben y enseñan, o profesores que estudian, investigan y enseñan.

Por otro lado “la especialización produce efectos secundarios: uno de ellos es la separación del trabajo de sus propios frutos” (p. 52), es decir que son personas que en su trabajo no se juegan el pellejo, como se dice aquí. Arquitectos que no habitan lo que diseñan, al contrario de Salmona, por ejemplo, que vivía y trabajaba en sus edificios. Como todos los grandes arquitectos modernos, al punto de que habría que preguntarse, como si fuera una pregunta de Taleb, cómo son las casas de los malos arquitectos o, mejor, definir al arquitecto por su casa, lo que en muchos casos sería muy fácil pues como sentencia Taleb: “Si le gustas a la gente […] es que estás haciendo algo mal” (p. 207 ).

Como dice Taleb “la mayoría de la gente es más feliz en barrios pequeños, donde pueden sentir el calor y la compañía humana [pero] cuando ganan mucho dinero acaban recibiendo presiones para mudarse a mansiones enormes, impersonales y silenciosas, alejadas de sus barrios” (p. 239), o por lo menos a sosos apartamentos en un piso muy alto, ‘torres’ les dicen, desde luego presionados por otros, desde los familiares y amigos metidos hasta los vendedores de finca raíz y sus acólitos de la propaganda engañosa. Todos ellos ‘expertos’ que no saben pero sí piensan… en ellos; pero como es imposible no depender de otro, finalmente tampoco piensan en ellos.

Sigue en Twitter @BarneyCaldas

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