Alan García: ¿harakiri?

Alan García: ¿harakiri?

Abril 25, 2019 - 11:35 p.m. Por: Beatriz López

Al conocer los detalles del suicidio del expresidente Alan García, recordé su accidentada trayectoria política y la asocié con el harakiri, ritual japonés que pudo influenciar a un sector de la sociedad peruana, por la fuerte migración que llegó a ese país a principios del Siglo XX.

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Claro que el harakiri o seppuku no es con un tiro en la frente, sino con una daga, haciendo un corte longitudinal en el abdomen. Este ritual data del antiguo Japón, como código ético o samurái que inducía a los gobernantes a inmolarse por honor, antes que ser capturados, interrogados o torturados.

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Era la única forma de lavar la honra, de quienes habían cometido actos indignos. El harakiri sobrevivió hasta tiempos actuales. Muchos militares japoneses lo practicaron durante los siglos XIX y XX, como protesta ante algún decreto imperial o para escapar de la derrota de la II Guerra Mundial.

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Lo extraño de la decisión de Alan García, cuyo suicidio podría interpretarse como un acto de honor, no sucede lo mismo con el expresidente Fujimori, inmigrante japonés, acusado por corrupción y liberado hace poco de la cárcel, por razones humanitarias. Tampoco su hija, Keiko Fujimori, aspirante a la presidencia del Perú, resistió los cantos de sirena de la multinacional de Odebrecht, que hoy tiene tras las rejas a cuatro presidentes de ese país.

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Pero volvamos a Alan García. Su suicidio fue un acto de valor, de honor, de ética o ¿de soberbia? En la carta póstuma deja entrever que era inocente y que “todo fue un montaje”, frase que debió aprender en Colombia cuando se asiló aquí para escapar de la justicia de su país, cuando iba a ser juzgado por actos de corrupción.

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¿Cuál es la verdad? Mientras los apristas lloran la muerte del expresidente y rechazan la forma en que fue detenido, el escritor peruano, Gustavo Faveron, PhD en Literatura de la Universidad de Cornell, se refiere al suicida, como el “presidente más homicida de la república del Perú”. Sus pecados, más que de corrupción, fueron las masacres y asesinatos ordenados por él, durante su primer mandato.

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Faveron se refiere a los comuneros muertos en los Andes, a las ejecuciones extra judiciales, a los niños de la calle que despertaban muertos en las veredas de Lima y de todo el país “durante los años de la hiperinflación, que fueron los mismos en que él y sus ministros, se llenaban las barrigas y las cajas fuertes”.

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Critica el escritor a los que “hablan en voz baja del bandido suicidado y no hablan de los campesinos quechuahablantes que fueron acribillados, desmembrados y arrojados a una fosa común”, y termina acusando a “los que dicen que ponerle una orden de captura a García fue un abuso de poder, deberían tragarse sus palabras porque si no sufren por las víctimas de Cayana y Accomarca quedan en ridículo sufrir por la muerte de quien eligió voluntariamente evadir la justicia”.

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PD:
El poder judicial del Perú le ha puesto un punto muy alto a los magistrados y fiscales colombianos al enjuiciar a cuatro expresidentes, ministros y personajes de la élite política, mientras aquí no hay en la cárcel uno solo de los intocables corruptos de Odebrecht, Reficar, ni miembros de los carteles de la toga y de la salud, pero tienen entre rejas a unos pocos chivos expiatorios, de la escala inferior del soborno, sin aclarar aún la muerte de inocentes como Jorge Enrique Pizano y su hijo Alejandro.

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