Una mujer bandera

Una mujer bandera

Enero 28, 2015 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

La Catedral se vistió de gala para despedir a María Eugenia. Los coros elevaban sus voces hacia el infinito. Cientos de rosas blancas, y al lado de la urna donde reposaban sus cenizas un vaso de cristal recibía una rosa blanca de cada uno de sus hermanos, hijos y nietos.María Eugenia Piedrahita. La mujer con la que compartí hijos y nietos logrando unirnos en un nudo indestructible. La Familia, así con mayúsculas. Muchos años, más de 30, en que precisamente, la enfermedad de uno de mis hijos nos regaló la oportunidad de estrechar lazos y entender que lo más importante es el amor y el respeto.Podría decir, sin temor a equivocarme, que fue una segunda mamá para mis hijos, y que gracias a ella, en los momentos de mayor confusión de mi vida, años en que perdí la brújula y bajé a los infiernos, gracias a ella y al amor de Rodrigo, su marido y padre de mis hijos, ellos pudieron seguir adelante, encontrando un puerto seguro, un faro que los guiara en el difícil camino de la adolescencia y el inicio de la adultez.María Eugenia, con una generosidad de alma que solo sale del amor, tomó esas riendas. Cuando finalmente volví a ver la luz, me brindó su amistad. Me dio la oportunidad de despedirme de Rodrigo, antes de su partida definitiva, y así pude darle gracias a él por su amor, por los hijos, por su apoyo incondicional.Como dijo alguna vez una de las nietas, “Esta es la familia disfuncional más funcional que conozco”, y así fue. Pepe, Patricia, Tata y sus hijos forman parte de mi familia porque los llevo muy dentro de mi corazón. Así como Rodrigo, Francisco José, María Mercedes y Aura Lucía y mis nietos estaban incrustados en su corazón. Logramos formar una familia extendida, unida, atada por nudos marineros que jamás se rompen.La Catedral, engalanada, de fiesta, fue testigo de esa despedida amorosa de siete hijos y quince nietos compartidos. Tres generaciones, que podrían ser cuatro, porque los bisabuelos mutuos también fueron amigos, en ese Cali de antaño que era como otra gran familia.Las caritas infantiles, algunas ya en la preadolescencia, compartían ese último adiós a la abuela “Genia”, que tuvo el valor como Madre Coraje, de recibirnos para Navidad en su apartamento engalanado con el árbol, los regalos, el pavo, la natilla, los buñuelos, que Felisa, la artífice que compartió 25 años de su vida con ella, preparó con maestría. Ya, desde su próximo adiós, escuchaba esas risas infantiles, los ruidos del papel al rasgarse, las miradas de sorpresa, cuando aparecía el regalo. Sabía que sería su última Navidad. Sin embargo supo llenar de alegría y colorido ese día inolvidable.Su voz privilegiada la llevó lejos en este difícil arte, y recibió aplausos nacionales e internacionales. Comprometida a fondo con los ideales políticos de su marido. Mamá y abuela por encima de todo. Siempre cálida, generosa, amiga de sus amigos, sin dejarse manosear jamás por adulaciones ni compromisos.Una mujer íntima, a veces arisca. Selectiva al abrir su corazón y entregar su amistad. Martha Cecilia Calero y Elsa Dorronsoro fueron sus hermanas de alma y estuvieron con ella hasta el final.Gracias María Eugenia por haberme permitido ingresar a tu vida. Por abrirme las puertas de tu amistad. Por el amor a mis hijos y nietos también tuyos. Por amar a Rodrigo y darle los años más felices de su vida. ¡Gracias por ser!A Pedro, Mariela, Francisco, Claudia, Berta, Gastón, Jaime, un abrazo del alma. A mis hijos y sus hijos y a esos 15 nietos compartidos, la certeza de que esta familia seguirá unida, porque jamás les podremos fallar. ¡Rodrigo y María Eugenia, de nuevo juntos en la eternidad, estarán velando porque así sea!Como nos compartió el Padre Octavio Lara, “Mientras tenemos tiempo, hagamos el bien a todos los hombres”, y el tiempo es corto, aunque a veces nos parezca muy largo. Démonos todos los días el abrazo de la paz.

VER COMENTARIOS
Columnistas