Un amigo

Un amigo

Octubre 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

A Hernando Toro GómezEl carro fúnebre ya listo. La cinta morada con su nombre ya templada en la puerta trasera. En medio de la salita, la caja con flores. Rosas. Muchas rosas. Rojas y blancas. Unas velas y los dos sillones negros para los que quieren acompañar ese “cuerpo que se esfuma” más de cerca.Contemplé su rostro por última vez. Estampé un beso de adiós contra el vidrio. Su misma cara, su nariz afilada, esas cejas gruesas. Sus labios sellados para siempre. Ya su espíritu había salido a volar por otros espacios, desconocidos para nosotros, los que nos abrazamos en llanto, todavía de este lado. ¿Dónde está?Me senté a su lado. Ese olor peculiar de las flores en duelo impregnaba el ambiente, mientras mis recuerdos me llevaban a tardes soleadas, después del colegio, cuando nos perseguíamos jugando a ladrones y policías por ese jardín amplio de la casona de la Avenida Sexta, ahora convertida en horrendo edificio, para después entrar sudorosos a pedir a gritos el pan con mermelada y el jugo de rigor.En San Antonio, entre trochas y bejucos, tratando de descubrir culebras y alacranes para rodearlos y quemarlos. O compitiendo en el columpio de vuelo para mostrar quién era el campeón de las cusqueñas y margariteñas, o llegar hasta lo más alto del palo y poner el croydon en la cima.Éramos diez o doce. No admitíamos a nadie más. Una pandilla unida como una piña. Saliendo de la infancia y entrando a la adolescencia. Cabalgatas, partidos de fútbol con el queso bola roja, comiditas, chocolatadas, excursiones a caballo, bluyines de ropa El Roble que resistía todo el barro y el mugre. Camisas a cuadritos y zapatos combinados para las mujeres; camisas de cuadritos y zapatos Corona a los hombres. A veces faldas escocesas y blazer.Algunas tardes de lluvia, en las casas de la montaña, escuchábamos los discos de Los Panchos o rancheras de José Alfredo. Para celebrar los cumpleaños conjuntos de las madres, preparábamos comedias, y los roles variaban veloces. A veces la Virgen salía con bigote, porque antes había sido el gato bandido. O la princesa hacía la reverencia y dejaba ver las botas pantaneras.Inseparables. La búsqueda de bichos fue dando paso a fogatas luneras. De pronto un suspiro, o una cogida de mano al escondido. Ya el fútbol le dio paso al ‘square dance’ y al ‘rock and roll’. De pronto un bolero y para escándalo de las chaperonas un ‘cheek to cheek’.La vida fue pasando, cada uno tomó su rumbo y ya somos abuelos. Pero esa sensación de ‘pertenencia’ que nos une cada vez que nos volvemos a ver, sigue intacta.Ya han partido tres. Esas ausencias duelen de una manera distinta. El corazón se apachurra en una tristeza extraña. Los amigos de la infancia. Los primeros que tuvimos y que jamás nos dejamos de querer, son algo que no se puede describir. Un intangible del alma... no sé.Me arrepiento de no haberlo visitado con más frecuencia. Sabía que estaba frágil, pero obstinadamente me decía que era inmortal. Sin embargo me quedan sus carcajadas. Su valiente alegría. Su ejemplo de rectitud.Un abrazo largo, del alma, para los que seguimos en pandilla terrenal. Tita, Biz, Toby, Oscar, Carlitos, Armando, Lucía. Y para Hernando ‘Toribio’, seguiremos en un columpio etéreo dando volteretas con Igo y Cuji, porque nos volveremos a encontrar.

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