Triángulo destructivo

Triángulo destructivo

Septiembre 23, 2014 - 12:00 a.m. Por: Aura Lucía Mera

Mucho se habla y se pone sobre el tapete el tema de la adicción a consumir sustancias psicoactivas. Muchos se empecinan en creer que el consumidor compulsivo es un “vicioso”, al que simplemente no le da la gana de dejar de beber o de inhalar cocaína hasta que se le desfondan en hemorragia las narices, o que simplemente le gusta dormir en la calle, llenarse de piojos ,abandonar a su mujer o marido para fumarse cien cigarrillos de bazuco en una noche.A pesar de que la OMS (Organización Mundial de la Salud) la definió como enfermedad primaria, progresiva y mortal, y que ya el Ministerio de Salud la aceptó y la cubren EPS, y los centros de recuperación cada vez se especializan más en el tema, casi nunca se habla de la Codependencia, es decir, sobre cómo esta enfermedad enferma, y valga la redundancia, a los familiares del adicto.Difícil que acepten que están tan enfermos, o más enfermos que el adicto. Difícil que acepten que cada miembro de la familia está afectado y que forman un triángulo destructivo en que de forma inconsciente desempeñan sus roles.Generalmente, la mama o la mujer del adicto ‘juegan’ el rol de ‘la víctima’. Sufren las borracheras de su cónyuge o hijo@, no duermen en toda la noche esperando que llegue o la llamada fatal de que ha sufrido un accidente. Aprovecha sus círculos sociales para despotricar, quejarse y mostrarse como una desgraciada@ que nació para sufrir. Sin embargo ejerce el control absoluto sobre el o la que consume. Lo regaña, pero le tiene siempre la cama limpia, la sopita, el desayuno. Cubre sus ausencias al trabajo o al estudio, justifica todo.El otro cónyuge, papa o marido, desempeña la encarnación de la ira, el portazo, el castigo y se ausenta de casa argumentando “que no tienen nada que ver con ese paseo”. Maldice la hora en que nació y descarga su agresividad con el que se le cruce en el camino, pero no se atreve a enfrentar la situación.Una hermana o hermano se asumen como ‘rescatadores’, tratan de minimizar la situación, tranquilizar los ánimos, aconsejar al adicto, perdonarlo, creer en las promesas, disimular y pacificar el ambiente de la casa.Es muy difícil, convencerlos de asistir a terapias de familia, en las que se ventilan sin caretas todos los temas, para hacer posible la reestructuración de las relaciones entre el adicto y su entorno. No aceptan que están actuando de una forma disfuncional y destructiva. Tampoco asisten a los grupos de Al-Anon o Narco-Non, donde descubrirían sus fortalezas y debilidades, aceptarían que se trata de una enfermedad y no de un vicio indigno, comprenderían el sufrimiento del que está atrapado por la sustancia y no puede parar de consumir.Lo curioso de esta enfermedad diabólica que afecta alma, cuerpo, sexualidad, autoestima es que para los terapistas, sicólogos y siquiatras muchas veces es más fácil tratar con el adicto y ayudarlo a descubrir que puede vivir a plenitud sin consumir y a ver el sol después del túnel, que con los familiares que no quieren perder el control, ni aceptar sus errores ni falencias.No pocas veces la mamá del adolescente adicto prefiere que recaiga en el consumo a perder el control. Se quedaría sin oficio ni tema de conversación. El motivo de sus quejas desaparecería.La verdad monda y lironda es que donde hay un alcohólico, toda la familia gira alrededor de la botella, aunque no beban:.el hijo depende de la botella, la familia codepende del hijo que depende de la botella, ergo, TODOS giran alrededor de la botella. ¡Sin excepción!P.D. Insisto en que las Secretarías de Salud hagan un censo de las ‘instituciones terapéuticas’ para recuperación y tratamiento de adicciones. Es un crimen hacerse los de la vista gorda respecto a una enfermedad tan compleja. ¡Se llevarían una sorpresa!

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