¡Tres monstruos!

¡Tres monstruos!

Febrero 11, 2019 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

Solo quiero nombrar tres. Porque hay más. Saltan de repente. No sé si desde pequeños ya se estaban entrenando, agazapados para lograrlo. O si tuvieron infancias normales y ellos mismos se sorprendieron cuando se dieron cuenta de que se salían de la realidad, o vivían tan inmersos en ella que creían ser normales. Y de pronto sintieron que tenían una necesidad imperiosa de agarrar un papel y un lápiz y empezar a garabatear, a juntar palabras, pensamientos, formar relatos, dejarse llevar por sus fantasías, abrirle las puertas sin pudor a los deseos inconfesables. ¡Desnudarse! Mandar a la mierda máscaras y convenciones.

Escarbarse las tripas para buscar si las palabras se esconden como divertículos, en pequeñas bolsas intestinales. Meterse el dedo al ombligo, y tratar de buscar hasta dónde llegan los nudos de los millones de cordones umbilicales que nos han atado y desatado, para permitirnos vivir un nanosegundo cósmico en este planeta tan raro, del que no sabemos nada, pero que queremos dominar y destruir simultáneamente. Pensar en ese cordón que cortan de un tijeretazo y botan a la basura, sin caer en cuenta de que ese trozo de tripa es la que guarda la historia completa de todos y cada uno de nosotros, desde los comienzos de los comienzos y que todos estamos amarrados entre sí.

Qué tal si uno de esos robots que se están inventando lograra escarbar el basurero primigenio y encontrar todos los cordones. Así nos demostraría que no somos más que una larguísima cadena de tripas amarradas y cortadas... Pero me salí del tema. Tal vez los monstruos me están alterando las neuronas que todavía me funcionan. Por ahora dejo en paz a mi ombligo, según me dicen, fuente inagotable de bacterias. Le tengo respeto y un poco de miedo. ¿Y qué tal que el cordón umbilical de Adán fuera el de Eva y ese es el origen de muchas cosas?

- “Me moriré sin saber si mi padre y mi abuelo hablaron alguna vez. Estaban envueltos en una pereza adánica. Me moriré sin saber si mi padre le dio alguna vez un beso a mi abuelo. Yo no conocí a ninguno de mis abuelos, se fueron del mundo antes de que yo llegara al mundo, y se fueron sin dejar una fotografía. Era el silencio como una forma de sedición”.

- “Pero al cabo de una semana, también en la bañera, reparé de nuevo en ese ombligo, pero esta vez lo notaba raro e irritado. Cuando nos molesta una muela solemos toquetearla con la lengua aun a riesgo de provocarnos un dolor más agudo. Todo aquello que se sale de lo habitual en el mapa sensible de nuestro cuerpo nos solivianta y nos crispa”.

- “A lo largo de la vida nos van saliendo muchos lunares, verrugas, huesos muertos y otras miserias que acarreamos con paciencia, por no hablar de las uñas y del pelo, ni de los dientes. Gracias a mi madre todavía conservo en una cajita todos mis dientes de leche”.

-“Las confesiones de mis amigos, hijos de líderes de la izquierda o de insignes filósofos o periodistas, me enseñaron a entender las inseguridades de los hombres. Sin justificar sus actos de violencia aprendí a dialogar, analizar e inquirir sobre las canalladas, por infantiles que parecieran, que cometían contra las niñas y contra los chicos más pequeños. Hace poco en un festival literario de Perú, después de hablar me preguntó: ¿Cómo le digo a mi madre que mi papá abusó de mí y por eso lo odio?”.

“La verdad es que toda la educación se basa en lograr que los niños no sean como su madre, que no sean sensibles aunque sufran, que no lloren”.

Párrafos sueltos de tres monstruos que nos visitaron en Cartagena. Manuel Vilas con ‘Ordesa’. Mircea Cartarescu con ‘Solenoide’ y Lydia Cacho con ‘Ellos hablan’. Les suelto estos aperitivos. ¡Ya me contarán!

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