¡Saudade!

¡Saudade!

Diciembre 10, 2018 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

“Saudade. ¿Qué será? Yo no sé. Lo he buscado en unos diccionarios empolvados y antiguos y en otros libros que no me han dado el significado de esta dulce palabra, de perfiles ambiguos”.
- Pablo Neruda

Busco yo también. Encuentro que “es una palabra que podría explicar eso que estás sintiendo y nadie puede entender, como una cierta nostalgia”. “Soledad, añoranza, tristeza”.

Simplemente la siento. La Saudade ante la partida definitiva de Belisario Betancur. Esa nostalgia que me lleva a recuerdos antiguos que vuelven al presente como una catarata arrolladora y el paso del tiempo no existe y se convierte todo en un eterno presente.

Mi llegada a Bogotá a iniciar una vida a partir de cero, sepultando fracasos y dolores. El encuentro con amigas de infancia, que a su vez me llevaron a conocer sus amigos comunes. Mi amor por las letras y la poesía se cristalizó en encuentros con personajes irrepetibles como Otto Morales Benítez, Abelardo Forero, Tito de Zubiría, Eduardo Caballero y naturalmente, Belisario Betancur.

Tertulias fantásticas. Compartires y discusiones cuasi metafísicas, carcajadas al calor de chimeneas acogedoras y buenos vinos. Escucharlos era apasionante. El lema mío, muy en secreto era, como en el poema de Kavafis, “aprende, aprende de los sabios siempre”. Y así, poco a poco se fue construyendo una amistad entrañable.

La política jamás era un tema. Más aún, jamás pensé que ese gran humanista, con la sensibilidad a flor de piel, él mismo poeta que a veces compartía sus estrofas, podría llegar a ser presidente de un país ‘de cafres’ como el nuestro. Lo logró después de muchas derrotas, con ese “sí se puede” que nos contagio ese virus de optimismo y entusiasmo.

No estuve en su campaña. La enfermedad de un hijo me mantuvo fuera del Colombia más de un año. Regresé días antes de su posesión. Hablamos por teléfono y me pidió el favor de aceptar la dirección de Colcultura, actualmente ministerio. Me dijo que quería cambiar esa “cultura elitista y llevarla a la guacherna”. Acepté. Asesorada por las mentes brillantes de Jorge Eliécer Ruiz, Affan Buitrago y Hernando Valencia Goelkel.

El poeta amigo, el confidente, se convirtió en jefe de Estado y en mi jefe. Logramos su visto bueno, llevar nuestras raíces culturales en danza, arqueología, pintura y tesoros a Estocolmo para acompañar en esa gélida ciudad a Gabriel García Márquez y dar a conocer la riqueza de nuestro país. Su voto de confianza desvirtuó toda la mala prensa y la envidia que quería torpedear el proyecto. “Si la prensa cachaca dice que esto es una lobería, pues yo lo apruebo, porque soy un presidente lobo”. ¡Ganamos!

Su señora, Rosa Helena Álvarez, siempre me impresionó por su inteligencia fina, su palabra justa, su solidaridad y amor con su marido en momentos trágicos, aciagos y traicioneros. Con María Clara y Beatriz entablamos una amistad que, a pesar del tiempo, creo sigue intacta. Una familia unida, una familia de verdad y no de apariencias ni ajetreos de socialités vanas.

Los años pasaron y mis encuentros con el amigo-poeta se fueron espaciando. Pero siempre fueron cordiales y cariñosos porque una amistad verdadera no la destruyen los años ni las circunstancias.
Con razón quiso ser velado en la Academia. Sin pompas ni arandelas superfluas. Se honró al hombre. No se permitió la pleitesía vana.

Siento saudade. Me enseñó a amar a Kavafis, Salinas, Miguel Hernández. Me enseñó muchas cosas sabias para aprender a caminar por este mundo mirando siempre hacia adelante. Al horizonte, como en Ítaca, “votando porque sea larga la jornada, colmada de aventuras y experiencias”.

Adiós Belisario. ¡Me invaden la saudade y la eterna gratitud!

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